Dice Holden Caulfield sobre los libros:

“Los que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras”.

Esta página nace porque hay artistas cuyos mundos cambian el tuyo. Porque una vez que los conoces ya no puedes prescindir de ellos. Porque los consideras amigos tuyos aunque jamás llegues a tratarlos en persona. Porque nunca hablarás con ellos pero ellos se comunican constantemente contigo. Porque ya forman parte de ti.

lunes, 2 de junio de 2008

Nueva novela de Ray Loriga

Leo en la sección de Ricard Ruiz Garzón en El Periódico, que Ray Loriga sacará novela para octubre. La publicará Alfaguara y se titulará Ya sólo habla de amor. Al parecer se trata de un monólogo interior sobre las vicisitudes sentimentales de un hombre en crisis tras haber roto con su pareja. Promete y con semejante argumento la especulación está servida. ¿Cómo se llamará la protagonista? Se admiten apuestas.

Tras cuatro años sin novela, los fans de Loriga la esperamos con impaciencia.

De paso Alfaguara reeditará Lo peor de todo y Tokio ya no nos quiere, novela que me enganchó a Loriga y que recomiendo siempre. Y Punto de Lectura publicará en bolsillo Héroes y Caídos del cielo. Se agradece, ya que estos títulos ahora mismo son inencontrables en las librerías.

Seguiremos informando.



UNA VIDA DIFERENTE_RAY LORIGA


Publicado en la REVISTA MAN en abril de 2008.


Relatos anteriores:


EL FINAL, POR AHORA (I)

PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)

DENTRO DEL BOSQUE(III)

CAPERUCITA LOCA (IV)

FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)

NADA MALO (VI)






UNA VIDA DIFERENTE (VII)



No tuvo que llamar a la puerta porque la encontró entreabierta. Todo el mundo sabe que no se debe entrar en las casas extrañas cuando la puerta está entreabierta, él también lo sabía, pero necesitaba recuperar su reloj. Hubiese entrado descalzo en el infierno para recuperar el reloj de oro de su padre. No tenía mucho más en esta vida. La Cabaña estaba vacía, lo supo nada más entrar, porque era tan pequeña que no había donde esconderse. Parecía más un refugio de montaña que una casa. Trató de imaginar qué clase de vida tendría la pobre niña, compartiendo aquella habitación con esos dos brutos. Había tres camas viejas, un sofá, frente a un televisor encendido, con el volumen quitado. Al fondo una cocina, la pila llena de platos sucios, y una nevera abierta, y un charco de sangre bajo la nevera. Tendría que haberse marchado al ver la sangre, pero no lo hizo. Se acercó a la nevera. Estaba llena de paquetes hechos con papel de periódico, ensangrentados. En la rejilla superior había dos paquetes grandes, redondos, que podrían haber sido dos hermosas sandías pero que seguramente no lo eran. Buscó con calma entre los paquetes, tanteándolos con los dedos, como un niño que busca bajo el árbol su regalo de reyes. Abrió uno, y se encontró con el brazo de un hombre cortado a la altura del codo, desgraciadamente era el brazo derecho. Abrió un par más hasta dar con lo que buscaba. El brazo izquierdo de un hombre mayor con su reloj de oro en la muñeca. Cogió su reloj, le limpió la sangre lo mejor que pudo con su abrigo, y volvió a dejar el brazo en la nevera.

Si hubiese sido más listo no habría hecho nada de esto y lo sabía, pero sabía también que si hubiese sido más listo toda su vida hubiese sido muy distinta, y ya era demasiado tarde para cambiar las cosas. A veces un hombre tiene que empezar a caminar por su vida sin pensar en lo que podría haber sido. Si algo tiene mal remedio, es la propia naturaleza. Salió de la cabaña y se encendió un cigarrillo. No estaba muy seguro de lo que debía hacer a continuación.

No le gustaba nada tomar decisiones, por eso se había hecho conductor. Era un trabajo sencillo. Recoger gente, llevarla a donde quiere ir, recibir órdenes y no hacer preguntas. Era una vida tranquila, hasta ahora. No le importaba lo que pudiese pasarle a ninguno de sus clientes una vez que abandonaban el coche, o un segundo antes de subirse en él. Tampoco era asunto suyo lo que dijesen o hiciesen dentro. No prestaba atención a sus conversaciones, a sus enfados, a sus lágrimas. Nada era asunto suyo. Sólo la carretera.

Había quebrantado sus propias reglas la noche anterior al entrar en aquella fiesta para rescatar a una mujer hermosa en peligro y todo había sido un desastre desde entonces. Si alguna vez salía de ésta, no volvería a hacerlo. Si conseguía recuperar su coche ya nunca saldría de él. Se hizo a sí mismo esta solemne promesa. Se sintió más tranquilo por un instante, pero sabía que esa decisión en nada arreglaba sus problemas inmediatos.

Descartó ir a la policía, no tenía ganas de pasarse el día dando explicaciones, y temía que acabaría siendo sospechoso de algo. Pensó en recuperar su coche y largarse de allí y no volver a pensar nunca en ello. Era lo más sensato y sin embargo no le gustaba la idea de que la niña volviese a su casa y se encontrase con su padre y su hermano descuartizados dentro de la nevera. Además estaba la mujer. Era su cliente y aún no la había llevado a su destino. Sabía que esto último no era más que una excusa. En realidad no soportaba la idea de no volver a verla. También un hombre como él tenía derecho a enamorarse.

Decidió por lo pronto alejarse de la cabaña y regresar a la carretera. Estaba harto de bosques encantados, la carretera era su lugar natural y no tendría que haberla abandonado nunca.

El sol había fundido ya casi toda la nieve. Empezaba a tener calor. Se sonrojó al pensar que se había reconocido a sí mismo enamorado de aquella mujer preciosa a la que no conocía de nada. Se sintió estúpido y extrañamente alegre al mismo tiempo.

Dos coches de policía le sacaron por un segundo de sus peregrinas preocupaciones románticas. Iban en sentido contrario a su camino, en dirección a la gasolinera.

Siguió andando y al pasar una curva, vio por fin su coche a lo lejos. Junto al coche había dos motos de la guardia civil y dos agentes inspeccionaban el interior del vehículo. Le molestó enormemente ver a dos desconocidos dentro de su coche. Dio media vuelta, sin saber muy bien qué hacer.

Dio cinco pasos y se detuvo. A menudo un hombre que no sabe a dónde va no tiene prisa. Y en cualquier caso ya había caminado demasiado esa mañana. Encendió otro cigarrillo y trató de no pensar en nada. Cerró los ojos, nada de lo que le había sucedido era culpa suya, todo había pasado por accidente, sin que nadie contase con él. No tenía por qué sentirse responsable de nada y sin embargo estaba nervioso. No como alguien que ha cometido un crimen, sino como alguien que sabe que los demás no saben que no lo ha cometido. No abrió los ojos hasta que escuchó el motor de un coche deteniéndose a su lado.

Era una vieja furgoneta, conducida por un hombre grande y grueso.

¿Le llevo a alguna parte? preguntó el hombre.

Sin saber por qué contestó que sí y subió al coche. Estaba harto de andar. Al entrar vio una gran pila de periódicos viejos en la trasera de la furgoneta...


lunes, 5 de mayo de 2008

NADA MALO_RAY LORIGA


Publicado en la REVISTA MAN en marzo de 2008.


Relatos anteriores:


EL FINAL, POR AHORA (I)PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)DENTRO DEL BOSQUE(III)

CAPERUCITA LOCA (IV)

FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)





NADA MALO (VI)

No más noches sin dormir, no más dolores de espalda, no más deudas, no más llamadas sin respuesta. Este día era el único, y después no habría otro. Se sintió viejo mientras la miraba. Echó de menos su coche. Debería caminar de vuelta, atravesar el bosque y recuperarlo. Debería llevar a esa mujer a su casa, o al aeropuerto, o a dondequiera que fuera. Debería cumplir con su trabajo, y regresar él también a su casa. Terminar con esta extraña aventura que se iba extendiendo como la mancha de sangre bajo la nevera. La mujer estaba ahora en silencio, mirando hacia la ventana. En el parking de la cafetería, junto a la gasolinera, el camionero gesticulaba, iba y venía, gritaba.

¿Qué ha pasado?, preguntó ella.

La niña no podía contener la risa.

Mi padre le ha robado el camión.

No he visto ni oído nada, dijo él, nunca vi a nadie robar cerdos con tanta delicadeza.

Mi padre no es un bruto, dijo la niña, orgullosa. Bueno, a veces sí. Pero no mataría a nadie y esas cosas... y si puede, prefiere robar por las buenas.

Tendría que llamar a la policía, dijo ella. Anoche pasó algo muy raro en esa casa y esta mañana no ha empezado mejor.

La niña se puso de pronto muy seria.

Mi padre no tiene nada que ver con la casa. Mi padre no mata, ni corta a la gente en pedacitos, mi padre sólo roba. Y a veces pega para robar, y a veces pega porque sí, pero no es un asesino. Mi padre roba a la gente que pasa por aquí y nada más.

Si se pasa el día robando en la misma zona, terminaran pillándole, dijo él.

 No, no... aquí todos le cubren. A cambio él reparte lo que roba. Es muy generoso con eso.

Robin Hood..., no te jode, he ido a caer en los bosques de Sherwood..., dijo ella. Será mejor que nos larguemos pronto.

Al decir esto le miraba a él, y él volvió a sentirse como lo que en realidad era, su chófer. La fantasía de que esa mujer fuese algo más que un cliente se esfumó y no pudo evitar sentir vergüenza. Apartó la cerveza y se levantó de la mesa.

Voy a arreglarme un poco, dijo. Y después debería ir a recuperar el coche si es que el padre de ésta no lo ha robado ya...

Se fue hacia el baño. La cabeza aun le dolía, su traje estaba manchado de barro, las cosas se habían torcido demasiado y lo peor de todo es que por un buen rato, desde que había besado a esa mujer, se había sentido bien dentro del desorden. Como un preso en sus primeros diez pasos fuera de la cárcel. Había olvidado su verdadera naturaleza, su familia, su nombre. Ahora tenía que peinarse y adecentarse un poco y recuperar su coche y su oficio y librarse de esa mujer, y de la niña, y sobre todo, de sus absurdos sueños, lo antes posible. Mientras se mojaba la cara y se peinaba con los dedos hacia atrás sintió que recuperaba poco a poco al hombre que en realidad era. Al regresar a la mesa con paso firme, todas sus fantasías se habían esfumado. Mirando a la niña y a la mujer sentadas junto a la cristalera, se propuso empezar a hacer las cosas bien a partir de ahora.

Si me deja un segundo su teléfono, llamaré a la policía. Después iré por el coche y la recogeré.

No..., dijo ella. Nada de policías. No puedo dejar que me enreden en esto. No sé lo que pasó en esa casa, ni quiero saberlo. Pero había cosas que sí sé, en esa casa, que preferiría no tener que explicar. Vaya por el coche y sáqueme de aquí, por favor.

Sintió que aquello no era una petición, sino una orden.

La niña se limpió el bigote de chocolate con la manga.

Yo también prefiero que no llame a la policía. No me gustaría que cogiesen a mi padre porque entonces cogerían también a mi hermano, y a mi hermano le quiero muchísimo y además no me gustaría quedarme sola.

Estáis todos locos, dijo él.

La niña y la mujer sonrieron. Le pareció que las dos eran muy bonitas y que tampoco tenía él por qué entrometerse en sus asuntos.

Voy por el coche, dijo, y salió de la cafetería.

Caminó por la carretera junto al bosque. Pasaban algunos coches, no hacía frío, la nieve aún resistía bajo un espléndido sol de invierno. Pensó que por fin estaba haciendo lo correcto. Cumplir con su trabajo y no meterse en líos. Las últimas horas habían sido muy extrañas pero todo podía volver a ser normal. Sólo tenía que sentarse en su coche y conducir, que era lo que había hecho casi toda su vida, y no preguntar nada y no esperar nada y no besar a mujeres muy guapas que no eran suyas. En eso iba pensando cuando vio un bulto en la cuneta. De lejos le pareció un perro atropellado. Pero al acercarse se dio cuenta de que era en realidad un cerdo. Un cerdo degollado tendido en la nieve. Supo enseguida que lo mejor sería pasar de largo, pero sin embargo se acercó. Se quedó mirando el cerdo muerto sobre la nieve y sintió cómo de nuevo el día se torcía. Al levantar la vista se encontró una vez más frente al bosque. En el bosque vio, a lo lejos, la cabaña. Una pequeña cabaña, con una chimenea de la que salía humo. Miró al cerdo una vez más e imaginó que aquella era la casa de la niña. Entonces recordó su reloj. El reloj de oro de su padre que esos ladrones del bosque le habían robado. No le importaban nada el dinero, o el teléfono, pero quería recuperar su reloj.

Hay cosas que uno puede permitir en esta vida y hay cosas que no. Hay cosas que se pierden y jamás se echan de menos. El reloj de su padre no era una de ellas.

Buscó entre las ramas un palo lo suficientemente grueso. Cuando lo encontró se sintió inmediatamente más seguro de sus fuerzas. Armado con un tronco, dejó la carretera y caminó hacia la cabaña en el interior del bosque...

lunes, 7 de abril de 2008

ÚLTIMOS RELATOS DE RAY LORIGA




He descubierto textos recientes de Ray Loriga, que publica en la revista MAN, de periodicidad mensual. Los relatos tienen continuidad.



Los subo en posts diferentes, aunque unidos sean una misma historia.

Su orden es:


EL FINAL, POR AHORA (I)


PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)


DENTRO DEL BOSQUE (III)


CAPERUCITA LOCA (IV)


FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)


NADA MALO (VI)


UNA VIDA DIFERENTE (VII)

FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA_RAY LORIGA




Publicado en la Revista Man el 25 de febrero de 2008

Relatos anteriores:

EL FINAL, POR AHORA (I)

PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)

DENTRO DEL BOSQUE (III)


CAPERUCITA LOCA (IV)



FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)



Parece cansada, dijo la niña, mientras la mujer se acercaba a la barra. La cafetería de la gasolinera estaba vacía. No hay muchos conductores que madruguen para conducir entre la nieve un día de fiesta. La mujer apoyó los codos sobre el mostrador, y sujetó la cabeza entre las manos. Por un segundo su cabeza desapareció dentro de su abrigo de piel.

La niña la miraba atentamente. Nunca había visto a una mujer así, fuera de las páginas de una revista.

La mujer pidió un vaso de agua.

Dale una botella, Raúl, le dijo la niña al camarero.

La mujer se giró y miró hacia la mesa en la que estaban la niña y su tazón de chocolate y el hombre y su cerveza. El agua aquí no sabe muy bien, dijo la niña, como si quisiese excusarse por haberse entrometido.

No llevo dinero encima, dijo la mujer.

No pasa nada, dijo la niña, yo invito.

La mujer cogió su botella de agua y se acercó a la mesa.

¿Puedo sentarme?, preguntó.

Claro, respondió la niña. Y después se echó a un lado, para que la mujer preciosa pudiera sentarse junto a ella.

La mujer estaba por fin sentada junto a una niña que no conocía y enfrente del hombre que no era más que el conductor de su coche pero al que seguramente había besado.

Él, por su parte, sabía ahora que no lo había imaginado todo. Al verla tan de cerca recordaba claramente que la había tenido entre sus brazos, y recordaba también que ella temblaba.

Temblaba de miedo, dijo ella entonces, como si le hubiera leído el pensamiento.

A lo mejor era de frío, dijo la niña.

No, era de miedo, dijo él.

Gracias por sacarme de allí, añadió ella , mientras extendía la mano para alcanzar el paquete de cigarrillos.

Él sacó un cigarrillo del paquete y se lo dio. Luego encendió el mechero y la mujer se inclinó sobre la mesa para prender el cigarrillo. Él se encontró de pronto a muy poca distancia de sus labios y no pudo evitar sentirse incómodo, como alguien que vuelve a un lugar que no es el suyo, así que apartó la mirada y no supo si ella le miraba o no a los ojos, ni cómo le miraba, ni por qué.

Había sangre debajo de la nevera, dijo ella.

Y el recordó la sangre que goteaba desde el interior de la nevera entreabierta hasta encharcar el suelo de la cocina.

Lo vi, dijo él.

Y había uno de esos cuchillos eléctricos manchado de sangre, sobre la mesa, dijo ella.

Eso también lo vi, respondió él.

No sé que clase de fiesta macabra era ésa. Había docenas de rosas de plástico clavadas sobre la nieve. Y un hombre disfrazado de Papá Noel, sentado junto a un saco vacío.

La mujer cerró entonces los ojos, la niña tenía razón, parecía muy cansada.

Ni siquiera sé por qué estaba allí. Mi agente cree que es importante. Mi agente piensa que no puedes decir no a ciertas personas, a ciertas cosas, a ciertas fiestas....

La niña miró un segundo a la mujer, y después miró al hombre y luego miró por la ventana de la cafetería. Un enorme camión cargado de cerdos aparcó casi frente a la puerta, y un camionero bajó de un salto desde la cabina del camión y entró.

El camionero pidió un café en la barra y corrió hacia el baño.

Pobres cerdos, dijo la niña, imagino que no les gusta nada viajar así.

La mujer abrió los ojos.

Entré en la casa al oír sus gritos, dijo él, y de pronto se extrañó de no ser capaz de tutearla. Seguramente no lo había hecho nunca, al fin y al cabo, y por mucho que la hubiese besado, no era más que su conductor.

Yo no fui la primera en gritar, dijo ella, la otra chica empezó a gritar antes que yo.

La otra chica estaba desnuda, dijo él.

Yo también, dijo ella. Me puse el vestido poco antes de que entraras, cuando todo el mundo empezó a correr.

¿Por qué estabas desnuda?, preguntó la niña.

Estábamos los tres en una de las habitaciones, respondió ella. Esa chica, y yo, y ese tío que creo que era francés.

¿Era guapo?, preguntó la niña.

Muy guapo, dijo ella. Estábamos los tres besándonos en la cama cuando la otra chica empezó a gritar. Había alguien más en la habitación... después golpearon la puerta y oímos gritos en el jardín, y carreras por los pasillos.

¿Quién más había en la habitación?, pregunto él.

No lo sé. Estaba escondido detrás de las cortinas. Un hombre muy alto. Sólo vi sus enormes zapatillas asomando y su sombra tras las cortinas. Cuando salí al pasillo, un hombre me sujetó por el brazo y me dijo que habían cortado a más de uno en trozos muy pequeños...

¿A que se refería?, preguntó la niña.

No lo sé, respondió ella. No dijo nada más, han cortado a más de uno en trozos muy pequeños...

Todo el mundo corría. Al bajar por la escalera alguién me empujó y caí. Me raspé las mejillas contra la moqueta.

La mujer se llevó la mano a la mejilla. La niña vio que aún estaba enrojecida.

Tú me recogiste del suelo y me sacaste por la puerta de la cocina. Entonces vi la sangre debajo de la nevera. Estaba temblando de miedo.

¿Y entonces, él la besó?, preguntó la niña.

No, eso fue luego, dijo él.

La mujer sonrió por primera vez. Cuando entré en la casa, vi algo más, añadió él.

¿Qué?, preguntó la niña.

Había algo escrito en la pared, algo escrito con sangre o tinta roja.

¿Qué?, repitió la niña con la cara semiescondida dentro de su tazón de chocolate.

Nada.

¿Nada...?, preguntó la niña. Nada. Escrito en grandes letras rojas. NADA.

El camionero salió del baño. Y apenas había dado un sorbito a su café cuando al mirar hacía la puerta se dio cuenta de que su camión ya no estaba.

¡ME HAN ROBADO EL CAMIÓN! El camarero dejó por un segundo de limpiar el mostrador con un trapo empapado en ginebra barata.

La niña no pudo evitar reírse.

Mi padre está loco, dijo. No sé qué vamos a hacer con tantos cerdos...


CAPERUCITA LOCA_RAY LORIGA

Publicado en la Revista Man el 31 de enero de 2008


Relatos anteriores:

EL FINAL, POR AHORA (I)
PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)
DENTRO DEL BOSQUE (III)


CAPERUCITA LOCA (IV)

Por segunda vez en la misma mañana, se despertó tumbado sobre la nieve. El frío en la cara y la humedad le resultaron familiares. Las desgracias repetidas producen a menudo ese efecto. Abrió los ojos y vio a la niña, sentada con las piernecitas juntas sobre una gruesa rama.

¿Todavía quiere una cerveza?, dijo la niña.

Le dolía demasiado la cabeza para contestar, pero lo cierto es que le apetecía una cerveza, le apetecía tanto que hubiese sido capaz de matar a un ángel por una cerveza bien fría. Se incorporó despacio y se palpó la ropa. Ni gafas, ni cartera, ni teléfono. Su reloj de oro tampoco estaba ya en su muñeca. Era un regalo de su padre y lo echaría de menos.

Podrían haberle pegado más, son muy brutos, pero les pedí que no le hicieran mucho daño... dijo la niña. Gracias, dijo él. De nada, contestó la niña, moviendo los piececitos para sacudirse la nieve de las botas.

Me cae usted muy bien. Siento que mi padre y mi hermano le hayan robado. A veces roban a la gente que se pierde en el bosque. Yo les ayudo y también intento que no maten a nadie, porque son un poco brutos. La gasolinera no está lejos, si todavía quiere una cerveza...

No tengo dinero...

Yo sí, me han dado mi parte. No me importa invitarle. Al fin y al cabo, hasta hace nada era su dinero...

¿Qué clase de caperucita loca eres tu?

No se enfade, dijo la niña. Son mi padre y mi hermano... ¿Que quiere que haga? Y además prefiero que peguen a otro, porque cuando no encuentran a nadie a quien pegar, me pegan a mí.

Lo entiendo..., dijo él, peinándose el pelo hacia atrás con las manos, tratando de recobrar la compostura.

Luego se levantó. La niña también se puso en pie y le sonrió.

¿Ve? No le han pegado muy fuerte. Venga conmigo, le invito a lo que quiera.

La niña se puso a andar y él la siguió. No tenía nada mejor que hacer y quería salir de ese bosque de una vez por todas.

Cuando llegaron a la gasolinera, su dolor de cabeza comenzó a disiparse, le dolían aún las costillas, pero no le pareció que tuviera nada roto. Tenía razón la niña, podría haber sido peor.

Entraron en el pequeño bar, a pocos pasos de los surtidores donde sólo había un camión enorme que cargaba con lo que parecía una hélice gigante.

Es para los molinos de viento, dijo la niña. Están poniendo muchos en el monte. Son muy bonitos.

Al entrar en el bar, la niña se fue derecha a la máquina de cigarrillos. ¿Qué marca fuma usted? Preguntó mientras echaba las monedas.

Camel, respondió él.

Como mi padre...

La niña le dio el paquete.

Raúl, dale fuego a este señor y una cerveza bien fría. Y para mí un colacao muy caliente.

La niña se sentó en una mesa junto a la ventana. Él camarero le encendió el cigarrillo y le regaló el mechero. Así son las cosas a veces, primero te roban y luego te invitan. Nada que objetar en cualquier caso.

Cogió el mechero y fue sentarse frente a la niña. Me cae usted muy bien, dijo la niña, no me extraña que ella le quiera tanto.

Él no supo que contestar.

Llegaron la cerveza y el colacao. Él bebió un trago muy largo directamente de la botella. La niña empezó a disolver el sobrecito de chocolate con muchísima paciencia.

Cuando sea mayor, dijo la niña, dándole vueltas y vueltas a su cucharita, encontraré a alguien que me quiera mucho. Y a ese no le robarán en el bosque. Le cuidaré tanto que no tendrá más remedio que cuidarme mucho a mí y tendremos muchos muchos hijos. Cien a lo mejor.

Cien, son muchos, dijo él.

¿Tiene usted hijos?, preguntó la niña.

Dos, respondió él.

¿Y cómo son?

Mejores que yo...

En ese momento pensó en sus hijos, y en lo poco que quedaba ya para las navidades y se dio cuenta de que aún no había empezado a comprar regalos. A veces un hombre quiere de veras hacer muchas de las cosas que no hace, y eso le convierte en un hombre muy triste.

Tenía la ropa manchada de nieve sucia. Trató de limpiarse un poco con las manos. Le hubiese gustado tanto estar enamorado, sólo así se entienden algunas cosas. Sólo así se soporta casi todo, por extraño que sea. Bebió un poco más de cerveza y encendió otro cigarrillo. Al mirar por la ventana vio cómo el camión que cargaba la hélice se marchaba. También vio cómo la mujer a la que había abandonado en la carretera se acercaba. No era un hombre miedoso, pero sintió un escalofrío.

Sabía que vendría, dijo la niña, con un cómico bigote de chocolate en los labios.

Pues sabías mucho más que yo, respondió él, mientras la mujer cruzaba ya la puerta del bar.


DENTRO DEL BOSQUE_RAY LORIGA




Publicado en la Revista Man el 16 de enero de 2008


Relatos anteriores:


EL FINAL, POR AHORA (I)
PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)



DENTRO DEL BOSQUE (III)


Al verla salir del coche, sin darse ni cuenta dio un paso atrás, y luego otro escondiéndose cada vez más dentro del bosque. La niña le seguía.

Andando también hacia atrás, poniendo, divertida, sus pasos sobre las huellas que él dejaba. Como si todo esto, el accidente, el hombre tumbado sobre la nieve, la mujer dormida en el coche y ahora despierta junto a la carretera, no fuera más que un juego.

Desde donde estaban aún podían ver la carretera, el coche entre la nieve, y a la mujer que merodeaba alrededor del coche mirando en todas direcciones.

Es muy guapa, dijo la niña... y lleva un abrigo muy caro. Parece que no sabe dónde ir... Tal vez le esté buscando.

Él se ocultó detrás de un árbol.

La niña esta vez no se movió pues no quería perder de vista a la mujer.

Sonó el móvil, y él se llevó de inmediato la mano al pecho para ahogar el sonido del teléfono. Mantuvo la mano así, sobre el corazón, hasta que el teléfono, guardado en el bolsillo interior de su chaqueta, dejó de sonar.

¿Por qué no ha contestado?, dijo la niña. Era ella... y se ha enfadado...

Se asomó un poco para verla. Más que enfadada parecía triste pero desde esa distancia le era imposible precisarlo.

La vio apoyarse en el coche y guardar el teléfono en el bolsillo de su abrigo de piel.

Era desde luego una mujer muy hermosa y la distancia no tenía nada que ver en eso. La recordaba perfectamente. Recordaba también su manera de sonreír, que le pareció franca en un principio pero que después le llenó de desconfianza. Una sonrisa dulce que parecía capaz de repetirse en cualquier circunstancia para defenderse de cualquier daño. Una sonrisa que no era un puente, sino un seto exquisitamente cuidado, alrededor de un precioso jardín.

No llama a nadie más, dijo la niña. A lo mejor no conoce a nadie, a lo mejor es extranjera, a lo mejor sólo tiene su número porque usted es su chófer, al fin y al cabo. A lo mejor no sabe conducir y por eso lo necesita, porque si no podría irse en el coche ella solita, y tan contenta. El coche no parece roto. ¿No está roto, verdad?

No, no creo, contesto él.

A lo mejor hay algo más, algo de amor...

¿Por qué tendría que haberlo?

No lo sé, dijo ella, pero me gustaría que lo hubiera... No me importa perderme el colegio por una historia de amor, pero si no es más que un accidente... sería todo más aburrido. A mi hermano le gustan las péliculas de violencia, pero a mí me gustan más de amor. Es normal ¿No? Siendo una niña y eso...

¿Dijiste que había un bar por aquí?, preguntó él.

Es más bien una cafetería, junto a la gasolinera. Pero tienen bebidas. Mi padre bebe mucho ahí.

Se giró por fin, dándole la espalda a la mujer, pero la mujer no pudo verlo. Después empezó a caminar. No supo porqué lo hacía. ¿Por qué alejarse de ella si la quería?

¿Por qué abandonar su coche en la cuneta?

¿Por qué cargar con esta niña tan rara?

¿Por qué no vamos por ella?, dijo la niña. A lo mejor quiere desayunar.

Él no contestó, siguió caminando sobre la nieve, y la niña otra vez se fue tras él. Colocando con cuidado sus zapatitos dentro de cada una de sus huellas.

No era un bosque muy grande, pero se hacía cada vez más denso. Los árboles cada vez más juntos, la nieve cada vez más oscura, pues el sol apenas cruzaba las espesas ramas de los abetos. Se sintió de pronto muy cansado, miró hacia atrás y la niña le sonrió. Pensó que había algo extraño en esa sonrisa, pero enseguida otras preocupaciones le distrajeron. Pensó en la mujer abandonada en la carretera y en cuánto le gustaría pasear con ella de la mano, por este bosque o por cualquier otro sitio. Pensó en si debía pedir un whisky una vez llegara a la dichosa gasolinera, pero le dio vergüenza hacerlo delante de la niña. Seguramente con una cerveza sería suficiente para entonarse un poco y alejar el miedo. Tenía miedo de muchas cosas, pero sobre todo tenía miedo de no volver a verla. Si era su chófer, ¿por qué la había besado? Recordó claramente ese beso y se guardó la certeza de no haberlo imaginado, como quien se guarda la llave de una casa que no es la suya pero a la que podría volver si quisiera.

Y así caminaba viendo ya el final del bosque y pensando en sus cosas cuando se topó de bruces con un hombre grande vestido con un abrigo largo, que llevaba un gorro de lana calado hasta las cejas y una estaca de madera en la mano.

Escuchó a la niña decir: no le hagas daño.

Antes de recibir el primer golpe.

No sintió dolor alguno, pero al llevarse la mano a la frente notó claramente la humedad de la sangre.

El segundo golpe le dio en la mejilla y quemó su piel como si le hubieran golpeado con un atizador de chimenea incandescente.

El tercer golpe lo recibió en la nuca.

Cayó al suelo.

Pensó un segundo si él último golpe se lo habría dado la niña, pero no le pareció que tuviera altura ni fuerza suficientes, y además a la niña le gustaban las historias de amor...

Para cuando le patearon el estomago ya había perdido el sentido.