Dice Holden Caulfield sobre los libros:

“Los que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras”.

Esta página nace porque hay artistas cuyos mundos cambian el tuyo. Porque una vez que los conoces ya no puedes prescindir de ellos. Porque los consideras amigos tuyos aunque jamás llegues a tratarlos en persona. Porque nunca hablarás con ellos pero ellos se comunican constantemente contigo. Porque ya forman parte de ti.

jueves 31 de diciembre de 2009

Infinito 2009




Me calaste hondo y ahora me dueles
si todo lo que nace perece del mismo modo
un momento se va y no vuelve a pasar.

Y decian qué bonito era vernos pasear
queriéndonos infinito
pensaban siempre sera igual.
¿Cómo lo permitimos?
¿Qué es lo que hicimos tan mal?
Fue este orgullo desgraciado
que no supimos tragar.

Y engáñame un poco al menos,
di que me quieres aún mas,
que durante todo este tiempo
lo has pasado fatal
que ninguno de esos idiotas
te supieron hacer reir
y que el único que te importa
es este pobre infeliz.

Me calaste hondo y ahora me dueles
si todo lo que nace perece del mismo modo
un momento se va y no vuelve a pasar.

Y el día que yo me muera
y moriré mucho antes que tú
solo quiero que una pena
se llore frente a mi ataúd
que esta herida en mi alma
no llegó a cicatrizar
y estará desesperada
hasta que te vea llegar.

Me calaste hondo y ahora me dueles
si todo lo que nace perece del mismo modo
un momento se va y no vuelve a pasar
un momento se va y no vuelve a pasar
un momento se va.

viernes 18 de diciembre de 2009

Monomanía





Necesito estar en movimiento
ahora que te vuelvo a ver lejos de mí.
Pero no queda ya ningún bar abierto
y los amigos, todos se han ido a dormir.

Y así comienzo a novelar
la historia de lo que será
cuando las cosas vayan a peor.
Y yo me veo casi igual que ahora
que no tengo nada
salvo la certeza del dolor.

O me sorprenderé gritando un día:
"Puedes seguir con tu vida
que yo con la mía, si me dejan, seguiré."

Bien, todo sucedió según lo planeado
y ya luzco en mi antebrazo una purpúrea cicatriz.
Y aún persiste en mí el deseo insano,
nadie llega tan lejos si no es para seguir.

Pero si por casualidad
oigo que estás en la ciudad
y alguien nos presenta alguna vez,
entonces no daré a entender lo que es cierto,
yo aún te quiero,
y nunca te he dejado de querer.

O me sorprenderé gritando un día:
"Puedes seguir con tu vida
que yo con la mía, si me dejan, seguiré."

Pero si por casualidad
oigo que estás en la ciudad
y alguien nos presenta alguna vez,
entonces no, no daré a entender lo que es cierto,
yo aún te quiero,
y nunca te he dejado de querer.

O me sorprenderé gritando un día:
"Puedes seguir con tu vida
que yo con la mía, si me dejan, seguiré."

O me sorprenderé gritando un día:
"¡Ya valió la tontería!"
Y con mi vida, si usted me deja, seguiré.

Nacho Vegas. Cajas de música difíciles de parar CD 2.

martes 17 de noviembre de 2009

En el décimo aniversario de la muerte de Enrique Urquijo




La muerte qué mala saña es una canción dedicada a Enrique Urquijo compuesta por Enrique Mercado e interpretada por el grupo DOS (voz: Nacho Fernández).

Podéis disfrutar de la versión en directo en la sala Galileo Galilei aquí

martes 12 de mayo de 2009

Antonio Vega y Enrique Urquijo. In memoriam






En su día, colgué esto. Que sirva de homenaje hoy.

Descansa en paz, Maestro. Junto a Marga.


miércoles 11 de febrero de 2009

Chaouen vs. Rimbaud



Actuación de Carlos Chaouen en el Pay Pay de Cádiz.

La canción, de la cual hizo una versión Ana Torroja, inspiró ESTE POEMA y dice esto:



NO ME CANSO

Estoy desnudo al amanecer
en este último piso abuhardillado
no sé si ponerme a cien
o darme una tregua en el lavabo

No tengo dinero para el tren que me lleva a tu barrio
Necesito aire en el pulmón del cielo de tus labios.

La ventana ha cedido al sol que me aporta calor
y algo de pena
no queda nada de alcohol
quién fuese Cristo en la última cena.

No sé si mandarte una postal
tatuada de ilusiones
O alucinarme un carnaval lleno de pasodobles.

Mi corazón babea a popa
no sé donde esta mi ropa (*),

la habré perdido
junto al miedo.

No me canso de quitarme el sombrero
cuando llueve por mojarme las canciones
y no me daré cuenta en esta puta vida

No me canso de mirarte la cara
no me canso de vivir en escenarios
y no hay más adversarios que nosotros de espalda
que el amor son tres flores que se riegan a diario.

Las pupilas ya sacian su sed
en el veneno de la enredadera
Invento el color también de las vocales
con sabor a fresa.

Visita la tarde leve, azul, ángel de luz de cárcel
la marea arde y no estás tú, y se hace menos tarde.

La ventana prescindió del sol
que va de migración hasta mañana
ya llegó la ansiada luna
que nunca nos evita las miradas.

Hay un paraíso en cada piel
y un dios en cada hombre
Yo sigo poniendo en el sofá cojines de canciones.

Mi corazón babea a popa...


(*) no sé donde está la coca, en otras versiones



A su vez, la frase "mi corazón babea a popa" (como algunas otras expresiones que usa Chaouen en sus canciones, está tomada de este poema de Arthur Rimbaud):


MI CORAZÓN ATORMENTADO



     Mi triste corazón babea a popa,
    mi corazón lleno de tabaco:
    sobre él arrojan escupitajos,
    mi triste corazón babea a popa:
    bajo las burlas de la tropa
    que suelta una risotada general,
    mi triste corazón babea a popa,
    ¡mi corazón lleno de tabaco!
    Itifálicos y sorchescos
    sus insultos lo han depravado!
    En la velada narran relatos
    itifálicos y sorchescos.
    ¡Oleajes abracadabrantescos,
    tomad mi corazón, salvadlo!
    ¡Itifálicos y sorchescos
    sus insultos lo han depravado!
    Cuando sus chicotes hayan cesado,
    ¿Cómo actuar, oh corazón robado?
    Se oirán estribillos báquicos 
    cuando sus chicotes hayan cesado:
    tendré sobresaltos estomáquicos
    si degradan mi triste corazón.
    Cuando sus chicotes hayan cesado,
    ¿cómo actuar, oh corazón robado?


domingo 16 de noviembre de 2008

Jefedad

Foto inédita. Colección privada.


Fue el último noviembre de los años 90, como cantaba Quique González en Tarde de perros. Un 17 de noviembre de 1999. Nueve años ya. Nueve años sin Enrique Urquijo.


El año pasado ya hice una crónica sentimental.


Este año mi homenaje va en forma de canción-homenaje: Jefedad de Ixo Rai. Una canción que Jesús Prieto (Pity), que había sido guitarrista de Los Problemas, dedicó a Enrique, al que siempre llamaba Jefedad.





Volaré desde mi balcón
por decirte una vez más:
“te quiero, adiós”.
Te encontré tendido sin voz
simplemente tu tristeza terminó.
Ya no hay luz en los espejos
machacados de reflejos de alumbrar.
Cuélgate de tus guitarras
quítate de las arañas ya verás...
¿Verdad?
Vuelo pues no sé donde mirar
mis manos te buscan
quieren tocar
Déjame, no juegues más
esos dulces ojos continuarán.

Ya no hay luz en tu ventana
pero no puedo pasar sin mirar.
Vaya forma de marcharte,
de decir no quiero estar
perdonad, quizás.

Perro y dueño fue
de la música que un día
yo escuché.
Yo no sé por qué
sin querer en tu camino
me crucé
y me quedé.
Timidez o miedo tal vez
qué motivo amargo llenaba tu sed.
Inventé canciones, ya ves
de ilusiones llenaría
aquel perder.
Cogí el tren y me largué
Te llamaré, lo olvidarás, volverás.
Esa fue la ultima vez que yo te dije “Jefedad,
Majestad... te cuidarás”.

Perro y dueño fue sin querer
en su camino me crucé...
Me acostumbré.
Tocare en mi habitación
soñaré que estoy contigo en un rincón
soñare que estoy allí junto a tu voz
soñaré que estoy contigo y con tu voz.

domingo 12 de octubre de 2008

RELATOS ENCADENADOS DE RAY LORIGA:FIN

Aquí van los tres últimos relatos con los que culmina la historia por partes que ha venido publicando Ray Loriga en la Revista Man

LA HISTORIA COMPLETA:

EL FINAL, POR AHORA (I)
PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)
DENTRO DEL BOSQUE (III)
CAPERUCITA LOCA (IV)
FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)
NADA MALO (VI)
UNA VIDA DIFERENTE (VII)
ZIG ZAG (VIII)
UN SEGUNDO (IX)
EL CORAZON ENVENENADO (X)
ROSAS DE PLÁSTICO (XI)
LA NIÑA MANDA (XII)


X. EL CORAZÓN ENVENENADO

Y un segundo después todo había terminado. El hombre del cuchillo yacía en el suelo sobre su propia sangre. La mujer hermosa consolaba a la niña valiente. El camarero volvía a poner la escopeta bajo la barra de la cafetería y el conductor sin coche se fumaba un cigarrillo. A veces, en la vida, todo se encadena, todo encaja a la perfección en el entramado de la desgracia. Sucede igual con los milagros. Una sucesión de pequeñas fortunas sincronizadas casi por azar pueden resolver el más oscuro de los problemas, como quien camina silbando por un laberinto que, por una vez, conduce a la puerta de salida. A veces la vida se esmera en salvarnos con el mismo tesón que puso y pondrá, en otras muchas ocasiones, con el único fin de destruirnos. O eso, o la buena puntería.

¿Qué tal tira?, le había preguntado el conductor al camarero, mientras el asesino sujetaba el filo de su cuchillo junto a la pupila de la niña.

Bastante bien, había contestado el camarero, sin presunción alguna.

Les doy a los conejos entre la maleza. Los conejos son pequeños y muy rápidos, había contestado el conductor.

Y sin embargo el camarero tenía miedo, porque era un hombre prudente.

¿Y la cría?, había preguntado mientras se llevaba el arma a la cara para apuntar.

La cría es valiente. Sabe lo que tiene que hacer.

Y así fue. Un segundo antes de que sonase el disparo, la niña se agachó, el cuchillo se giró sobre el ojo de nadie, sin hacer sangre, y el asesino estaba muerto antes de saber qué demonios estaba pasando.

La mujer hermosa corrió a abrazar a la niña valiente. El conductor se acercó para asegurarse de que estaba bien. Apartó con cuidado el pelo del rostro de la niña y le miró a los ojos. Ni un rasguño.

No siempre salen bien las cosas, pero cuando salen bien, da gusto. El conductor encendió un cigarrillo y pateó un poco al muerto con la punta del zapato para asegurarse de que estaba muerto y de que no se levantaría como esos asesinos de las películas malas.

El horror, cuando termina, se convierte en cualquier cosa. Se recuerdan para siempre las desgracias que suceden, y se recuerdan con amargura, pero las que no terminan de suceder se las lleva el viento. Había muerto mucha gente durante los dos últimos días, pero nadie que el conductor conociera o tuviera por qué llorar. No eran sus muertos. La mujer estaba viva, la niña también, el camarero era, efectivamente, un cazador de primera.

No debe de ser nada fácil acertarle a un conejo al amanecer entre las ramas. Dispararle a un asesino en la cara tampoco, pero es de imaginar que quien mata lo pequeño y veloz, puede también con lo grande y lento.

¿Quién era ése?, nunca lo había visto por aquí,preguntó el camarero.

Creo que estaba de paso, contestó el conductor.

La mujer miró los zapatos del muerto. Eran los zapatos que había visto en la fiesta tras la cortina.
Es el monstruo que se coló en la fiesta, dijo.

Sí, respondió el conductor.

Tal vez me seguía, dijo ella.

Seguramente no, respondió él, hay gente que mata porque sí, sin tener que perseguir a nadie en concreto. Supongo que se creen la ira de Dios o algo parecido. Los asesinos suelen tener unas ideas muy raras sobre sí mismos. Cualquier idiota con un cuchillo se cree que es parte de una misión, o una leyenda, los asesinos le dan muchas vueltas a esas cosas. Imagino que pasan demasiado tiempo solos.

Yo también paso mucho tiempo sola, dijo la niña, y nunca he matado a nadie.

Es cuestión de corazón, dijo él, hay gente que lo tiene envenenado.

De pronto se dio cuenta de que por fin ya no le dolía la cabeza. No hay como el rugido de un disparo para terminar de despertar de una vez. Sintió que las cosas se ordenaban con cierta placidez. Pensó que no tenía más que llevar a esa mujer finalmente a su destino, y tal vez cuidar de esa niña, para que todo tuviera de nuevo un orden aceptable.

Le gustó imaginarse algo ordenado.
Tal vez deberíamos limpiar todo esto, dijo el conductor.

El camarero dejó la escopeta bajo la barra y se fue a buscar un cubo y una fregona.


XI. ROSAS DE PLÁSTICO


El conductor palpó las ropas del muerto buscando las llaves del coche. Cuando dio con ellas, le preguntó al camarero qué pensaba hacer con el cadáver.

Yo me encargo, dijo el camarero, como si fuese la cosa más normal del mundo, como si hiciese desaparecer muertos todos los días.

Váyanse... añadió, y hagan como que esto no ha pasado.

Gracias, dijo la niña.

Salieron de la cafetería como una familia, pero apenas se conocían. El conductor, la mujer y la niña no tenían en común más que una serie de crímenes cometidos por un hombre que ya había muerto. Y sin embargo el conductor se sentía bien en su compañía… A veces sucede que entre desconocidos se crea por un momento la ilusión de una cercanía y un consuelo, que en realidad no existen. O tal vez es al contrario, tal vez la realidad, el territorio de lo normal y conocido nos cuenta cosas de nosotros mismos que no son del todo ciertas.

Abrió la furgoneta, la niña se sentó detrás y la mujer y él delante. Se alegró de tener de nuevo un coche aunque fuese el coche de un asesino en serie. Al fin y al cabo era un conductor y eso es todo lo que era, y sin un coche y nadie a quien llevar, no era nada.

La niña encontró en el suelo un ramo de rosas.

Son de plástico, dijo con cierto fastidio. Nunca había visto un ramo de rosas de plástico. En realidad nunca había visto un ramo de rosas. ¿Puedo quedármelas?

Supongo que sí, dijo la mujer.

Antes de arrancar, el conductor pensó a dónde ir. No podía llevar a la niña a su casa porque allí sólo quedaban los cuerpos despedazados de su padre y su hermano. Tendré que cuidar de ella para siempre, pensó. Y la idea no le pareció del todo mal. En cuanto a la mujer, volvería a dejarla en la ciudad, en el lugar exacto donde la había recogido. Eso era lo que le gustaba de su trabajo, dejar a la gente sana y salva en algún sitio y no verlos nunca más. Ojalá se pudiera dejar todo en algún sitio para no volver a verlo. Ojalá se pudiese no pensar de nuevo en lo que ya se ha pensado. Ojalá se pudiese enterrar a los muertos y olvidar sus nombres. Ojalá se pudiesen olvidar los besos, las miradas, todo lo que se ha hecho y las razones que nos movieron a hacerlo. Ojalá se pudiera seguir viviendo sin el recuerdo de lo vivido.

El conductor se dio cuenta de que no tenía nada que valiese la pena guardar y se dio cuenta también de que su trabajo era conducir a los demás y abandonarlos. Se preguntó si sería capaz de cuidar de esa niña y si no sería mejor buscarle un lugar seguro muy lejos de él. Se preguntó qué clase de hombre era y porqué demonios no conseguía albergar ninguna de las emociones que consideraba normales. Ni miedo, ni angustia, ni rencor, ni esperanza, ni nostalgia, ni cariño, ni siquiera un interés por pequeño que fuera por su pasado o su futuro. Se preguntó finalmente si estaba vivo y concluyó que sí, pero de una manera muy rara.

Mientras abandonaba la gasolinera y tomaba la autopista, pensó cómo sería para los demás este oficio de vivir. De dónde sacaban las fuerzas y el entusiasmo.

La mujer dijo algo que no escuchó. La niña entonó una cancioncilla, los árboles proyectaron una sombra corta, de mediodía. La vida, su vida, se había terminado hace tanto tiempo que no era capaz de señalar cuándo. De niño había soñado con algo, algo que quería hacer o alguien que quería ser de mayor, pero ya era mayor y no era nada.

Se distrajo conduciendo, mirando las líneas de la carretera y trató de no pensar en nada más.
¿Por qué le había besado esa mujer?¿Volvería a besarlo de nuevo? Seguramente no. Le costó aceptar esa idea. Miró a la mujer sin que ella se diera cuenta y deseó que todo fuera muy distinto. Que hubiera aún otro beso. Que a este día absurdo le siguiera otro mejor, pero tampoco creyó merecerlo.

Rosas de plástico para un hombre muerto.

La carretera se alargaba mientras conducía. Jamás llegaría a ningún sitio.


XII. LA NIÑA MANDA

Mi abuela vive a menos de cincuenta kilómetros de aquí, puedes dejarme en su casa, ella me cuidará bien.

Él se había imaginado capaz de cuidar de la niña pero también se había imaginado otras muchas cosas que nunca sucederían.

¿No quieres volver a tu casa?, preguntó la mujer.

En mi casa ya no hay nada, dijo la cría. Mi padre y mi hermano ya están muertos.

¿Cómo lo sabes?, pregunto él.

Porque yo le pedí que los matara, respondió la niña. Y después se puso a mirar, distraída, por la ventanilla, como hacen los niños cuando han dado por zanjado un tema del que no tienen nada más que decir.

El conductor lo aceptó con tranquilidad, se había acostumbrado a aceptarlo todo por extraño que fuera. La mujer guapa, sin embargo, no estaba dispuesta a olvidar el miedo que había pasado en las últimas horas. No le gustaba pasar miedo y no le gustaba que no le dieran explicaciones. Era la clase de mujer que exige explicaciones sin sentirse obligada a darlas. Algunas mujeres muy guapas son así.

¿Qué pasó en la casa, en aquella fiesta? ¿Por qué mató a esa gente? ¿También fue idea tuya?

Sí y no, dijo la niña. Me encontré a ese hombre en el bosque y me dijo que era un asesino y yo me reí y le dije que con me lo creía y él dijo que me lo demostraría y yo le dije que en esa casa fuera del bosque hacían fiestas con modelos y actrices y ricos y gente que no me gustaba y que sí podía matar allí y clavar doce rosas en la nieve, sabría que era un asesino de verdad y que lo había hecho por mí y que entonces le dejaría matar a mi padre y mi hermano y me iría con él.

La niña hizo una pausa, un poco aburrida de su propia historia, antes de continuar.

Aunque esa parte no era verdad. No pensaba irme con él, sólo quería que matase a mi padre y a mi hermano porque me pegaban y me hacían otras cosas y yo tenía muchas ganas de irme con mi abuela, que me quiere mucho y me cuida bien.

Estáis todos locos, dijo la mujer, enfadada.

El conductor no se atrevía a decir quién estaba loco y quién no, ni le parecía que fuese cosa de locos salirte con la tuya cuando todo está en tu contra y eres mucho más pequeño que el tamaño de tus problemas. Le pareció, por el contrario, que la niña estaba muy cuerda y era la mar de lista. Él nunca había sido capaz de lograr que los demás hiciesen lo que quería. A decir verdad, ni siquiera había conseguido nunca saber qué demonios quería.

¿Dónde vive tu abuela?,preguntó.

Cincuenta kilómetros en línea recta, dijo la cría. Yo te aviso cuando llegue el desvío.

Perfecto, pensó él, por fin alguien le decía a dónde ir. Ése era su trabajo. Ya no tendría que pensar en nada más.

La mujer cerró los ojos. Quería quedarse dormida y despertar en la ciudad, cuando todo hubiese pasado y, seguramente, quería también no volver a recordar nada de esto, puede que incluso tuviese otras cosas que olvidar.

Algunas mujeres guapas se olvidan fácilmente de lo que no sale del todo bien y no se las puede culpar por ello.

El conductor, en cambio, estaba condenado a recordarlo todo. Su vida no estaba llena de episodios memorables, y además era absolutamente incapaz de olvidar un crimen, o un beso.


FIN