Dice Holden Caulfield sobre los libros:

“Los que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras”.

Esta página nace porque hay artistas cuyos mundos cambian el tuyo. Porque una vez que los conoces ya no puedes prescindir de ellos. Porque los consideras amigos tuyos aunque jamás llegues a tratarlos en persona. Porque nunca hablarás con ellos pero ellos se comunican constantemente contigo. Porque ya forman parte de ti.

martes 12 de mayo de 2009

Antonio Vega y Enrique Urquijo. In memoriam






En su día, colgué esto. Que sirva de homenaje hoy.

Descansa en paz, Maestro. Junto a Marga.


miércoles 11 de febrero de 2009

Chaouen vs. Rimbaud



Actuación de Carlos Chaouen en el Pay Pay de Cádiz.

La canción, de la cual hizo una versión Ana Torroja, inspiró ESTE POEMA y dice esto:



NO ME CANSO

Estoy desnudo al amanecer
en este último piso abuhardillado
no sé si ponerme a cien
o darme una tregua en el lavabo

No tengo dinero para el tren que me lleva a tu barrio
Necesito aire en el pulmón del cielo de tus labios.

La ventana ha cedido al sol que me aporta calor
y algo de pena
no queda nada de alcohol
quién fuese Cristo en la última cena.

No sé si mandarte una postal
tatuada de ilusiones
O alucinarme un carnaval lleno de pasodobles.

Mi corazón babea a popa
no sé donde esta mi ropa (*),

la habré perdido
junto al miedo.

No me canso de quitarme el sombrero
cuando llueve por mojarme las canciones
y no me daré cuenta en esta puta vida

No me canso de mirarte la cara
no me canso de vivir en escenarios
y no hay más adversarios que nosotros de espalda
que el amor son tres flores que se riegan a diario.

Las pupilas ya sacian su sed
en el veneno de la enredadera
Invento el color también de las vocales
con sabor a fresa.

Visita la tarde leve, azul, ángel de luz de cárcel
la marea arde y no estás tú, y se hace menos tarde.

La ventana prescindió del sol
que va de migración hasta mañana
ya llegó la ansiada luna
que nunca nos evita las miradas.

Hay un paraíso en cada piel
y un dios en cada hombre
Yo sigo poniendo en el sofá cojines de canciones.

Mi corazón babea a popa...


(*) no sé donde está la coca, en otras versiones



A su vez, la frase "mi corazón babea a popa" (como algunas otras expresiones que usa Chaouen en sus canciones, está tomada de este poema de Arthur Rimbaud):


MI CORAZÓN ATORMENTADO



     Mi triste corazón babea a popa,
    mi corazón lleno de tabaco:
    sobre él arrojan escupitajos,
    mi triste corazón babea a popa:
    bajo las burlas de la tropa
    que suelta una risotada general,
    mi triste corazón babea a popa,
    ¡mi corazón lleno de tabaco!
    Itifálicos y sorchescos
    sus insultos lo han depravado!
    En la velada narran relatos
    itifálicos y sorchescos.
    ¡Oleajes abracadabrantescos,
    tomad mi corazón, salvadlo!
    ¡Itifálicos y sorchescos
    sus insultos lo han depravado!
    Cuando sus chicotes hayan cesado,
    ¿Cómo actuar, oh corazón robado?
    Se oirán estribillos báquicos 
    cuando sus chicotes hayan cesado:
    tendré sobresaltos estomáquicos
    si degradan mi triste corazón.
    Cuando sus chicotes hayan cesado,
    ¿cómo actuar, oh corazón robado?


domingo 16 de noviembre de 2008

Jefedad

Foto inédita. Colección privada.


Fue el último noviembre de los años 90, como cantaba Quique González en Tarde de perros. Un 17 de noviembre de 1999. Nueve años ya. Nueve años sin Enrique Urquijo.


El año pasado ya hice una crónica sentimental.


Este año mi homenaje va en forma de canción-homenaje: Jefedad de Ixo Rai. Una canción que Jesús Prieto (Pity), que había sido guitarrista de Los Problemas, dedicó a Enrique, al que siempre llamaba Jefedad.





Volaré desde mi balcón
por decirte una vez más:
“te quiero, adiós”.
Te encontré tendido sin voz
simplemente tu tristeza terminó.
Ya no hay luz en los espejos
machacados de reflejos de alumbrar.
Cuélgate de tus guitarras
quítate de las arañas ya verás...
¿Verdad?
Vuelo pues no sé donde mirar
mis manos te buscan
quieren tocar
Déjame, no juegues más
esos dulces ojos continuarán.

Ya no hay luz en tu ventana
pero no puedo pasar sin mirar.
Vaya forma de marcharte,
de decir no quiero estar
perdonad, quizás.

Perro y dueño fue
de la música que un día
yo escuché.
Yo no sé por qué
sin querer en tu camino
me crucé
y me quedé.
Timidez o miedo tal vez
qué motivo amargo llenaba tu sed.
Inventé canciones, ya ves
de ilusiones llenaría
aquel perder.
Cogí el tren y me largué
Te llamaré, lo olvidarás, volverás.
Esa fue la ultima vez que yo te dije “Jefedad,
Majestad... te cuidarás”.

Perro y dueño fue sin querer
en su camino me crucé...
Me acostumbré.
Tocare en mi habitación
soñaré que estoy contigo en un rincón
soñare que estoy allí junto a tu voz
soñaré que estoy contigo y con tu voz.

domingo 12 de octubre de 2008

RELATOS ENCADENADOS DE RAY LORIGA:FIN

Aquí van los tres últimos relatos con los que culmina la historia por partes que ha venido publicando Ray Loriga en la Revista Man

LA HISTORIA COMPLETA:

EL FINAL, POR AHORA (I)
PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)
DENTRO DEL BOSQUE (III)
CAPERUCITA LOCA (IV)
FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)
NADA MALO (VI)
UNA VIDA DIFERENTE (VII)
ZIG ZAG (VIII)
UN SEGUNDO (IX)
EL CORAZON ENVENENADO (X)
ROSAS DE PLÁSTICO (XI)
LA NIÑA MANDA (XII)


X. EL CORAZÓN ENVENENADO

Y un segundo después todo había terminado. El hombre del cuchillo yacía en el suelo sobre su propia sangre. La mujer hermosa consolaba a la niña valiente. El camarero volvía a poner la escopeta bajo la barra de la cafetería y el conductor sin coche se fumaba un cigarrillo. A veces, en la vida, todo se encadena, todo encaja a la perfección en el entramado de la desgracia. Sucede igual con los milagros. Una sucesión de pequeñas fortunas sincronizadas casi por azar pueden resolver el más oscuro de los problemas, como quien camina silbando por un laberinto que, por una vez, conduce a la puerta de salida. A veces la vida se esmera en salvarnos con el mismo tesón que puso y pondrá, en otras muchas ocasiones, con el único fin de destruirnos. O eso, o la buena puntería.

¿Qué tal tira?, le había preguntado el conductor al camarero, mientras el asesino sujetaba el filo de su cuchillo junto a la pupila de la niña.

Bastante bien, había contestado el camarero, sin presunción alguna.

Les doy a los conejos entre la maleza. Los conejos son pequeños y muy rápidos, había contestado el conductor.

Y sin embargo el camarero tenía miedo, porque era un hombre prudente.

¿Y la cría?, había preguntado mientras se llevaba el arma a la cara para apuntar.

La cría es valiente. Sabe lo que tiene que hacer.

Y así fue. Un segundo antes de que sonase el disparo, la niña se agachó, el cuchillo se giró sobre el ojo de nadie, sin hacer sangre, y el asesino estaba muerto antes de saber qué demonios estaba pasando.

La mujer hermosa corrió a abrazar a la niña valiente. El conductor se acercó para asegurarse de que estaba bien. Apartó con cuidado el pelo del rostro de la niña y le miró a los ojos. Ni un rasguño.

No siempre salen bien las cosas, pero cuando salen bien, da gusto. El conductor encendió un cigarrillo y pateó un poco al muerto con la punta del zapato para asegurarse de que estaba muerto y de que no se levantaría como esos asesinos de las películas malas.

El horror, cuando termina, se convierte en cualquier cosa. Se recuerdan para siempre las desgracias que suceden, y se recuerdan con amargura, pero las que no terminan de suceder se las lleva el viento. Había muerto mucha gente durante los dos últimos días, pero nadie que el conductor conociera o tuviera por qué llorar. No eran sus muertos. La mujer estaba viva, la niña también, el camarero era, efectivamente, un cazador de primera.

No debe de ser nada fácil acertarle a un conejo al amanecer entre las ramas. Dispararle a un asesino en la cara tampoco, pero es de imaginar que quien mata lo pequeño y veloz, puede también con lo grande y lento.

¿Quién era ése?, nunca lo había visto por aquí,preguntó el camarero.

Creo que estaba de paso, contestó el conductor.

La mujer miró los zapatos del muerto. Eran los zapatos que había visto en la fiesta tras la cortina.
Es el monstruo que se coló en la fiesta, dijo.

Sí, respondió el conductor.

Tal vez me seguía, dijo ella.

Seguramente no, respondió él, hay gente que mata porque sí, sin tener que perseguir a nadie en concreto. Supongo que se creen la ira de Dios o algo parecido. Los asesinos suelen tener unas ideas muy raras sobre sí mismos. Cualquier idiota con un cuchillo se cree que es parte de una misión, o una leyenda, los asesinos le dan muchas vueltas a esas cosas. Imagino que pasan demasiado tiempo solos.

Yo también paso mucho tiempo sola, dijo la niña, y nunca he matado a nadie.

Es cuestión de corazón, dijo él, hay gente que lo tiene envenenado.

De pronto se dio cuenta de que por fin ya no le dolía la cabeza. No hay como el rugido de un disparo para terminar de despertar de una vez. Sintió que las cosas se ordenaban con cierta placidez. Pensó que no tenía más que llevar a esa mujer finalmente a su destino, y tal vez cuidar de esa niña, para que todo tuviera de nuevo un orden aceptable.

Le gustó imaginarse algo ordenado.
Tal vez deberíamos limpiar todo esto, dijo el conductor.

El camarero dejó la escopeta bajo la barra y se fue a buscar un cubo y una fregona.


XI. ROSAS DE PLÁSTICO


El conductor palpó las ropas del muerto buscando las llaves del coche. Cuando dio con ellas, le preguntó al camarero qué pensaba hacer con el cadáver.

Yo me encargo, dijo el camarero, como si fuese la cosa más normal del mundo, como si hiciese desaparecer muertos todos los días.

Váyanse... añadió, y hagan como que esto no ha pasado.

Gracias, dijo la niña.

Salieron de la cafetería como una familia, pero apenas se conocían. El conductor, la mujer y la niña no tenían en común más que una serie de crímenes cometidos por un hombre que ya había muerto. Y sin embargo el conductor se sentía bien en su compañía… A veces sucede que entre desconocidos se crea por un momento la ilusión de una cercanía y un consuelo, que en realidad no existen. O tal vez es al contrario, tal vez la realidad, el territorio de lo normal y conocido nos cuenta cosas de nosotros mismos que no son del todo ciertas.

Abrió la furgoneta, la niña se sentó detrás y la mujer y él delante. Se alegró de tener de nuevo un coche aunque fuese el coche de un asesino en serie. Al fin y al cabo era un conductor y eso es todo lo que era, y sin un coche y nadie a quien llevar, no era nada.

La niña encontró en el suelo un ramo de rosas.

Son de plástico, dijo con cierto fastidio. Nunca había visto un ramo de rosas de plástico. En realidad nunca había visto un ramo de rosas. ¿Puedo quedármelas?

Supongo que sí, dijo la mujer.

Antes de arrancar, el conductor pensó a dónde ir. No podía llevar a la niña a su casa porque allí sólo quedaban los cuerpos despedazados de su padre y su hermano. Tendré que cuidar de ella para siempre, pensó. Y la idea no le pareció del todo mal. En cuanto a la mujer, volvería a dejarla en la ciudad, en el lugar exacto donde la había recogido. Eso era lo que le gustaba de su trabajo, dejar a la gente sana y salva en algún sitio y no verlos nunca más. Ojalá se pudiera dejar todo en algún sitio para no volver a verlo. Ojalá se pudiese no pensar de nuevo en lo que ya se ha pensado. Ojalá se pudiese enterrar a los muertos y olvidar sus nombres. Ojalá se pudiesen olvidar los besos, las miradas, todo lo que se ha hecho y las razones que nos movieron a hacerlo. Ojalá se pudiera seguir viviendo sin el recuerdo de lo vivido.

El conductor se dio cuenta de que no tenía nada que valiese la pena guardar y se dio cuenta también de que su trabajo era conducir a los demás y abandonarlos. Se preguntó si sería capaz de cuidar de esa niña y si no sería mejor buscarle un lugar seguro muy lejos de él. Se preguntó qué clase de hombre era y porqué demonios no conseguía albergar ninguna de las emociones que consideraba normales. Ni miedo, ni angustia, ni rencor, ni esperanza, ni nostalgia, ni cariño, ni siquiera un interés por pequeño que fuera por su pasado o su futuro. Se preguntó finalmente si estaba vivo y concluyó que sí, pero de una manera muy rara.

Mientras abandonaba la gasolinera y tomaba la autopista, pensó cómo sería para los demás este oficio de vivir. De dónde sacaban las fuerzas y el entusiasmo.

La mujer dijo algo que no escuchó. La niña entonó una cancioncilla, los árboles proyectaron una sombra corta, de mediodía. La vida, su vida, se había terminado hace tanto tiempo que no era capaz de señalar cuándo. De niño había soñado con algo, algo que quería hacer o alguien que quería ser de mayor, pero ya era mayor y no era nada.

Se distrajo conduciendo, mirando las líneas de la carretera y trató de no pensar en nada más.
¿Por qué le había besado esa mujer?¿Volvería a besarlo de nuevo? Seguramente no. Le costó aceptar esa idea. Miró a la mujer sin que ella se diera cuenta y deseó que todo fuera muy distinto. Que hubiera aún otro beso. Que a este día absurdo le siguiera otro mejor, pero tampoco creyó merecerlo.

Rosas de plástico para un hombre muerto.

La carretera se alargaba mientras conducía. Jamás llegaría a ningún sitio.


XII. LA NIÑA MANDA

Mi abuela vive a menos de cincuenta kilómetros de aquí, puedes dejarme en su casa, ella me cuidará bien.

Él se había imaginado capaz de cuidar de la niña pero también se había imaginado otras muchas cosas que nunca sucederían.

¿No quieres volver a tu casa?, preguntó la mujer.

En mi casa ya no hay nada, dijo la cría. Mi padre y mi hermano ya están muertos.

¿Cómo lo sabes?, pregunto él.

Porque yo le pedí que los matara, respondió la niña. Y después se puso a mirar, distraída, por la ventanilla, como hacen los niños cuando han dado por zanjado un tema del que no tienen nada más que decir.

El conductor lo aceptó con tranquilidad, se había acostumbrado a aceptarlo todo por extraño que fuera. La mujer guapa, sin embargo, no estaba dispuesta a olvidar el miedo que había pasado en las últimas horas. No le gustaba pasar miedo y no le gustaba que no le dieran explicaciones. Era la clase de mujer que exige explicaciones sin sentirse obligada a darlas. Algunas mujeres muy guapas son así.

¿Qué pasó en la casa, en aquella fiesta? ¿Por qué mató a esa gente? ¿También fue idea tuya?

Sí y no, dijo la niña. Me encontré a ese hombre en el bosque y me dijo que era un asesino y yo me reí y le dije que con me lo creía y él dijo que me lo demostraría y yo le dije que en esa casa fuera del bosque hacían fiestas con modelos y actrices y ricos y gente que no me gustaba y que sí podía matar allí y clavar doce rosas en la nieve, sabría que era un asesino de verdad y que lo había hecho por mí y que entonces le dejaría matar a mi padre y mi hermano y me iría con él.

La niña hizo una pausa, un poco aburrida de su propia historia, antes de continuar.

Aunque esa parte no era verdad. No pensaba irme con él, sólo quería que matase a mi padre y a mi hermano porque me pegaban y me hacían otras cosas y yo tenía muchas ganas de irme con mi abuela, que me quiere mucho y me cuida bien.

Estáis todos locos, dijo la mujer, enfadada.

El conductor no se atrevía a decir quién estaba loco y quién no, ni le parecía que fuese cosa de locos salirte con la tuya cuando todo está en tu contra y eres mucho más pequeño que el tamaño de tus problemas. Le pareció, por el contrario, que la niña estaba muy cuerda y era la mar de lista. Él nunca había sido capaz de lograr que los demás hiciesen lo que quería. A decir verdad, ni siquiera había conseguido nunca saber qué demonios quería.

¿Dónde vive tu abuela?,preguntó.

Cincuenta kilómetros en línea recta, dijo la cría. Yo te aviso cuando llegue el desvío.

Perfecto, pensó él, por fin alguien le decía a dónde ir. Ése era su trabajo. Ya no tendría que pensar en nada más.

La mujer cerró los ojos. Quería quedarse dormida y despertar en la ciudad, cuando todo hubiese pasado y, seguramente, quería también no volver a recordar nada de esto, puede que incluso tuviese otras cosas que olvidar.

Algunas mujeres guapas se olvidan fácilmente de lo que no sale del todo bien y no se las puede culpar por ello.

El conductor, en cambio, estaba condenado a recordarlo todo. Su vida no estaba llena de episodios memorables, y además era absolutamente incapaz de olvidar un crimen, o un beso.


FIN


lunes 25 de agosto de 2008

UN SEGUNDO_RAY LORIGA

Relato publicado en la REVISTA MAN en el mes de julio de 2008



Relatos anteriores


EL FINAL, POR AHORA (I)
PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)
DENTRO DEL BOSQUE (III)
CAPERUCITA LOCA (IV)
FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)
NADA MALO (VI)
UNA VIDA DIFERENTE (VII)
ZIG ZAG (VIII)







UN SEGUNDO

A veces, a la policía le cuesta horas de trabajo, y no poca imaginación, reconstruir algo que ha sucedido en un segundo y que, como otras muchas cosas, podría perfectamente no haber sucedido nunca. No todo encaja y él lo sabía. Muchas cosas sólo suceden, sin responsabilidad ninguna para con el orden, o el sentido. Los ladrones de cerdos habían muerto sin saber por qué, como habían muerto esas pobres chicas despedazadas y cuidadosamente guardadas en el frigorífico, como podía morir él, si no hacía algo por impedirlo.

Volvió a sentir náuseas. Ésta había sido la peor mañana de su vida. Le habían golpeado, le habían robado, se había enamorado de una mujer a la que no conocía, había visto cuerpos descuartizados en una nevera, no tenía más remedio que cuidar de una niña que aún no sabía que era huérfana y se disponía a tomar café con un asesino. Además había perdido su coche, y él no era más que un conductor, y sin su coche ya no era nada. A veces, en un segundo, se pierde pie y todo se tuerce. Recordó haberse sentido muy bien cuando recogió a la mujer, en la ciudad, hace ya un día. Su trabajo era conducir a gente, de un lugar a otro, sin hacer preguntas, ni pensar demasiado. A gente que por lo general no le interesaba demasiado. Hombres de negocios, turistas, ancianas millonarias. Había estado conduciendo a los demás toda su vida, sin importarle mucho a dónde fueran. Tal vez por eso se había enamorado de ella nada más verla. Estaba harto de llevar a cualquiera a cualquier sitio. O tal vez simplemente estaba deslumbrado por su belleza, porque era una mujer que un hombre como él jamás habría conocido en otras circunstancias.

No era la primera vez que llevaba a una mujer hermosa en su coche, claro está, pero sí era la primera vez que ella le prestaba un poco de atención y además, no todas la mujeres hermosas son iguales, y él se había enamorado de ésta y no de otra, aunque sabía y lo sabía porque le dolía, que no tenía la más mínima oportunidad con una mujer así.

Y sin embargo, soñaba, porque todo el mundo tiene derecho a imaginarse una vida mejor que la suya, una mujer preciosa entre los brazos, un nombre distinto. Pero el tiempo de los sueños se había terminado. La carretera en la que estaba atrapado no era la carretera que querría haber tomado. La vida distinta, con la que soñaba, no era ésta. Se sintió culpable de un modo impreciso, como se siente culpable un hombre en mitad de sus propias pesadillas. Si existe algún tipo de responsabilidad sobre nuestros sueños, también entre nuestras pesadillas, no se es nunca del todo inocente. Soñar no es gratis.

Bajó de la furgoneta y esperó a que bajara el asesino. Al otro lado del cristal, en la cafetería, la niña levantó la mano para saludarle, pero él no respondió al saludo. La mujer, junto a la niña, intuyó que algo iba mal. El hombre se demoró cogiendo algo de la trasera de la furgoneta. Cuando por fin salió, llevaba un periódico doblado bajo el brazo con algo dentro. Al cruzar la puerta de la cafetería pudo ver la punta de un cuchillo de cocina grande mal escondido entre las páginas del diario.

Caminaron juntos hasta la barra. El asesino apenas miró a la mujer y a la niña y él las ignoró por completo. La niña trató de levantarse pero la mujer la sujetó por la muñeca.
El camarero no fue tan listo.

¿Otra cerveza?

Gracias. Dijo él.

Yo tomaré un café. Dijo el asesino, depositando suavemente el periódico con el cuchillo dentro, sobre la barra.

Así que ha estado aquí antes, tal vez por eso quería pasar de largo.

Sí, he estado aquí antes. Tuve un accidente y llevo toda la mañana tratando de salir de aquí.

Yo también quisiera estar ya muy lejos. Respondió el asesino.

El camarero sirvió la cerveza y se giró hacia la máquina de café, dándoles la espalda.

¿No tendrá usted un arma? Preguntó él.

El camarero se giró de nuevo.

Tengo una escopeta de dos cañones bajo la barra, respondió. ¿Por qué lo pregunta?

Porque este hombre sólo tiene un cuchillo de cocina. Dijo él, dando dos pasos hacia atrás. El asesino abrió el periódico y cogió el cuchillo.

La mujer se levantó, y tomó la mano de la niña. Estaban muy cerca de la puerta, pero no les dio tiempo a llegar. El asesino corrió hacia ellas con el cuchillo en la mano. A pesar de ser un hombre grueso, era rápido como un demonio. Para cuando el camarero sacó su escopeta, el asesino ya sujetaba a la cría por el cuello mientras acercaba el filo del cuchillo a su ojo derecho. Ahora tendremos que pensarnos esto con calma, dijo el asesino, para empezar deje usted esa escopeta sobre el mostrador, si no le importa.

El camarero sujetó la escopeta a la altura del pecho, apuntando al asesino y a la niña, sin saber qué hacer.

lunes 7 de julio de 2008

ZIG ZAG_RAY LORIGA


Publicado en la
REVISTA MAN en junio de 2008


Relatos anteriores:


EL FINAL, POR AHORA (I)

PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)

DENTRO DEL BOSQUE (III)

CAPERUCITA LOCA (IV)

FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)

NADA MALO (VI)

UNA VIDA DIFERENTE (VII)





ZIG ZAG (VII)



¿Ha matado a alguien últimamente?

El hombre que conducía la furgoneta no levantó los ojos de la carretera al oír la pregunta.

Dos esta misma mañana, contestó, y tres más la noche anterior.

¿Piensa matar a alguien más?

No, hoy desde luego, estoy cansado. Es un trabajo enorme despedazar los cuerpos y hacer los paquetes del tamaño justo para que encajen bien en las bandejas de la nevera.

Por alguna razón creyó en lo que el hombre le decía y no sintió miedo. Se puede ser un asesino y no ser un mentiroso, son cosas que no tienen nada que ver, y aquel hombre decía la verdad. En cualquier caso pensó que sería buena idea pasar de largo la gasolinera, bajarse de la furgoneta, y volver luego a por la mujer y la niña. Le pareció que estarían más tranquilas si este asesino concienzudo pasase de largo y siguiera su camino, donde fuera que fuese.

¿Es de por aquí?, preguntó entonces el asesino, como si lo que acabase de contarle a un desconocido no tuviera la menor importancia.

No, estoy de paso.

Yo también. Es un pueblo bonito, con el bosque y la nieve y todo eso, pero ya he matado demasiado por aquí. No me importa que me cojan, pero no quiero que me cojan todavía. Acabo de empezar, ¿sabe? He dejado los gatos hace nada.

¿Los gatos? , preguntó él.

Sí, se empieza siempre con gatos, supongo que es porque los perros muerden. Hay quien empieza con pájaros, pero para mi gusto son demasiado pequeños, es casi como matar insectos, no merece la pena. El tamaño es importante. Nadie siente nada especial por matar una cucaracha o una araña, pero a la gente se le muda la cara si pilla un perro en la carretera. Tiene que ser lo suficientemente grande para que uno sienta que ha matado algo. Así que los gatos suelen ser la primera opción. Yo he dejado los gatos hace apenas nada. Antes de la fiesta de la pasada noche, sólo había probado con dos viejos vagabundos. Los viejos borrachos sin casa, esos que duermen bajo cartones, son lo más fácil, después de los gatos. Es el camino más común, no me he inventado nada nuevo. Hay que ir cogiendo confianza. Los tres de la fiesta eran mujeres. Primero iba a matar a dos que estaban dormidas en una cama, pero después entró otra en la habitación, tambaleándose, y como había visto que la nevera era lo suficientemente grande... En fin, estaban las tres muy borrachas y creo que no se enteraron de nada. Los dos de la cabaña tienen mucho más mérito, eran dos hombres fuertes. Creo que he avanzado mucho en poco tiempo. Los hay que no pasan nunca de los gatos y los que no se atreven a ir nunca más allá de las mujeres, pero creo que no es justo matar solamente a quien no es capaz de defenderse. Una de las razones de meterse en esto es precisamente alterar las leyes de la naturaleza, no me parece bien dedicarse luego a respetarlas con sumisa cobardía. Yo me veo más como un cazador que como un asesino. Y un buen cazador cada vez busca una presa más grande.

Llegados a este punto, él se alegró sinceramente de no ser una pieza más grande y pensó que según ese estricto razonamiento tampoco la mujer y la niña lo serían. Aún así, no pensaba arriesgarse.

Tal vez este cazador tarado decía la verdad, pero tal vez sólo decía esas cosas para darse importancia. A la gente le gusta mucho oírse hablar y decir cosas muy serias que en absoluto tienen que ver con su conducta. Lo había escuchado mil veces. Mientras llevaba a sus clientes de un sitio a otro había escuchado una y otra vez las posiciones de importancia y rectitud que la gente se otorgaba gratuitamente. Pero si algo sabía a estas alturas de su vida es que la mayoría de las personas, él mismo incluido, no caminan en línea recta sino en zigzag.

Se estará preguntando por qué los dejo en paquetes perfectos dentro de la nevera, dijo el hombre.

Lo cierto es que no se estaba preguntando nada, y menos eso. No podía importarle menos lo que hiciese aquel hombre con sus cuerpos. Pero se había dado cuenta de que se lo iba a contar igualmente porque a este asesino en particular le gustaba tanto presumir como al resto de sus clientes.

Por lo menos ahora él no conducía. Ya no era el chófer de nadie, así que tampoco le importaba escucharlo.

Verá, es una cuestión de limpieza. No se puede dejar un cuerpo en descomposición Dios sabe cuántos días y además la tarea, y le puedo asegurar que es una tarea dura, de cortar los trozos y empaquetarlos le distrae a uno enormemente. Es, por así decirlo, relajante. Después del pánico que se siente al matar a alguien. Hay quien dice que no siente nada al matar, pero no lo crea, los asesinos son muy presuntuosos. Siempre se tiene miedo al matar. Y supongo que al morir...

Él pensó entonces que éste no era precisamente el menos presuntuoso de los asesinos, pero no dijo nada.

Supongo que yo también le estoy pareciendo un poco presumido, dijo entonces el hombre, y esta vez acertaba.

Es imposible no crecerse un poco después de matar, no porque sea gran cosa, no soy tan idiota, sino porque durante mucho tiempo pensé que no sería capaz de hacerlo, que no era más que una loca fantasía. Hay mucha gente que sueña con matar pero no hay tanta gente que lo haga. Y hay muchos que no van más allá de los gatos. Casi todo el mundo ha mirado alguna vez hacia abajo desde un lugar muy alto y ha pensado en saltar, pero no hay mucha gente que salte.

Quedaba poco para llegar a la gasolinera.

Si no le importa me bajaré en el siguiente pueblo, dijo él. Tengo que recoger allí a alguien.

No hay problema, respondió el hombre, pero antes tengo que poner gasolina y tal vez tomar un café.

La furgoneta tomó el desvío de la gasolinera y al llegar a los surtidores, pudo ver junto a la ventana de la cafetería a la niña y a la mujer de la que seguramente y estúpidamente se había enamorado.

¿Podríamos saltarnos el café? Tengo un poco de prisa, dijo él.

No, no, respondió el hombre. El café es importante...

lunes 2 de junio de 2008

Nueva novela de Ray Loriga

Leo en la sección de Ricard Ruiz Garzón en El Periódico, que Ray Loriga sacará novela para octubre. La publicará Alfaguara y se titulará Ya sólo habla de amor. Al parecer se trata de un monólogo interior sobre las vicisitudes sentimentales de un hombre en crisis tras haber roto con su pareja. Promete y con semejante argumento la especulación está servida. ¿Cómo se llamará la protagonista? Se admiten apuestas.

Tras cuatro años sin novela, los fans de Loriga la esperamos con impaciencia.

De paso Alfaguara reeditará Lo peor de todo y Tokio ya no nos quiere, novela que me enganchó a Loriga y que recomiendo siempre. Y Punto de Lectura publicará en bolsillo Héroes y Caídos del cielo. Se agradece, ya que estos títulos ahora mismo son inencontrables en las librerías.

Seguiremos informando.