Dice Holden Caulfield sobre los libros:

“Los que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras”.

Esta página nace porque hay artistas cuyos mundos cambian el tuyo. Porque una vez que los conoces ya no puedes prescindir de ellos. Porque los consideras amigos tuyos aunque jamás llegues a tratarlos en persona. Porque nunca hablarás con ellos pero ellos se comunican constantemente contigo. Porque ya forman parte de ti.

lunes, 5 de mayo de 2008

NADA MALO_RAY LORIGA


Publicado en la REVISTA MAN en marzo de 2008.


Relatos anteriores:


EL FINAL, POR AHORA (I)PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)DENTRO DEL BOSQUE(III)

CAPERUCITA LOCA (IV)

FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)





NADA MALO (VI)

No más noches sin dormir, no más dolores de espalda, no más deudas, no más llamadas sin respuesta. Este día era el único, y después no habría otro. Se sintió viejo mientras la miraba. Echó de menos su coche. Debería caminar de vuelta, atravesar el bosque y recuperarlo. Debería llevar a esa mujer a su casa, o al aeropuerto, o a dondequiera que fuera. Debería cumplir con su trabajo, y regresar él también a su casa. Terminar con esta extraña aventura que se iba extendiendo como la mancha de sangre bajo la nevera. La mujer estaba ahora en silencio, mirando hacia la ventana. En el parking de la cafetería, junto a la gasolinera, el camionero gesticulaba, iba y venía, gritaba.

¿Qué ha pasado?, preguntó ella.

La niña no podía contener la risa.

Mi padre le ha robado el camión.

No he visto ni oído nada, dijo él, nunca vi a nadie robar cerdos con tanta delicadeza.

Mi padre no es un bruto, dijo la niña, orgullosa. Bueno, a veces sí. Pero no mataría a nadie y esas cosas... y si puede, prefiere robar por las buenas.

Tendría que llamar a la policía, dijo ella. Anoche pasó algo muy raro en esa casa y esta mañana no ha empezado mejor.

La niña se puso de pronto muy seria.

Mi padre no tiene nada que ver con la casa. Mi padre no mata, ni corta a la gente en pedacitos, mi padre sólo roba. Y a veces pega para robar, y a veces pega porque sí, pero no es un asesino. Mi padre roba a la gente que pasa por aquí y nada más.

Si se pasa el día robando en la misma zona, terminaran pillándole, dijo él.

 No, no... aquí todos le cubren. A cambio él reparte lo que roba. Es muy generoso con eso.

Robin Hood..., no te jode, he ido a caer en los bosques de Sherwood..., dijo ella. Será mejor que nos larguemos pronto.

Al decir esto le miraba a él, y él volvió a sentirse como lo que en realidad era, su chófer. La fantasía de que esa mujer fuese algo más que un cliente se esfumó y no pudo evitar sentir vergüenza. Apartó la cerveza y se levantó de la mesa.

Voy a arreglarme un poco, dijo. Y después debería ir a recuperar el coche si es que el padre de ésta no lo ha robado ya...

Se fue hacia el baño. La cabeza aun le dolía, su traje estaba manchado de barro, las cosas se habían torcido demasiado y lo peor de todo es que por un buen rato, desde que había besado a esa mujer, se había sentido bien dentro del desorden. Como un preso en sus primeros diez pasos fuera de la cárcel. Había olvidado su verdadera naturaleza, su familia, su nombre. Ahora tenía que peinarse y adecentarse un poco y recuperar su coche y su oficio y librarse de esa mujer, y de la niña, y sobre todo, de sus absurdos sueños, lo antes posible. Mientras se mojaba la cara y se peinaba con los dedos hacia atrás sintió que recuperaba poco a poco al hombre que en realidad era. Al regresar a la mesa con paso firme, todas sus fantasías se habían esfumado. Mirando a la niña y a la mujer sentadas junto a la cristalera, se propuso empezar a hacer las cosas bien a partir de ahora.

Si me deja un segundo su teléfono, llamaré a la policía. Después iré por el coche y la recogeré.

No..., dijo ella. Nada de policías. No puedo dejar que me enreden en esto. No sé lo que pasó en esa casa, ni quiero saberlo. Pero había cosas que sí sé, en esa casa, que preferiría no tener que explicar. Vaya por el coche y sáqueme de aquí, por favor.

Sintió que aquello no era una petición, sino una orden.

La niña se limpió el bigote de chocolate con la manga.

Yo también prefiero que no llame a la policía. No me gustaría que cogiesen a mi padre porque entonces cogerían también a mi hermano, y a mi hermano le quiero muchísimo y además no me gustaría quedarme sola.

Estáis todos locos, dijo él.

La niña y la mujer sonrieron. Le pareció que las dos eran muy bonitas y que tampoco tenía él por qué entrometerse en sus asuntos.

Voy por el coche, dijo, y salió de la cafetería.

Caminó por la carretera junto al bosque. Pasaban algunos coches, no hacía frío, la nieve aún resistía bajo un espléndido sol de invierno. Pensó que por fin estaba haciendo lo correcto. Cumplir con su trabajo y no meterse en líos. Las últimas horas habían sido muy extrañas pero todo podía volver a ser normal. Sólo tenía que sentarse en su coche y conducir, que era lo que había hecho casi toda su vida, y no preguntar nada y no esperar nada y no besar a mujeres muy guapas que no eran suyas. En eso iba pensando cuando vio un bulto en la cuneta. De lejos le pareció un perro atropellado. Pero al acercarse se dio cuenta de que era en realidad un cerdo. Un cerdo degollado tendido en la nieve. Supo enseguida que lo mejor sería pasar de largo, pero sin embargo se acercó. Se quedó mirando el cerdo muerto sobre la nieve y sintió cómo de nuevo el día se torcía. Al levantar la vista se encontró una vez más frente al bosque. En el bosque vio, a lo lejos, la cabaña. Una pequeña cabaña, con una chimenea de la que salía humo. Miró al cerdo una vez más e imaginó que aquella era la casa de la niña. Entonces recordó su reloj. El reloj de oro de su padre que esos ladrones del bosque le habían robado. No le importaban nada el dinero, o el teléfono, pero quería recuperar su reloj.

Hay cosas que uno puede permitir en esta vida y hay cosas que no. Hay cosas que se pierden y jamás se echan de menos. El reloj de su padre no era una de ellas.

Buscó entre las ramas un palo lo suficientemente grueso. Cuando lo encontró se sintió inmediatamente más seguro de sus fuerzas. Armado con un tronco, dejó la carretera y caminó hacia la cabaña en el interior del bosque...

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muchas gracias por compartir los relatos. Acá, en Argentina, los últimos libros de Loriga son carísimos.
Además, los viejos, en especial Días Extraños, son imposibles de conseguir.
Saludos.
Marcelo
www.marcelovertua.blogspot.com

joan manuel dijo...

y aquì a lima no llegan, jeje, el ultimo q lei fue trìfero , mandàndolo traer por supuesto, y es una pena porq es uno d mis 6 escritores favoritos, gracias por el relato, abrazo!!!

soloporlasfirmas dijo...

Ray es excelente, y doy fe que en argentina no se consiguen, o superan los 50 dolares los últimos dos publicados, que además me han comentado que no son buenos... luego de varios años de búsqueda finalmente tengo en mis manos Tokyo ya no nos quiere, uno de los dos que he leído. Soy ABSOLUTAMENTE felíz.
gracias por publicar estos textos.