Dice Holden Caulfield sobre los libros:

“Los que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras”.

Esta página nace porque hay artistas cuyos mundos cambian el tuyo. Porque una vez que los conoces ya no puedes prescindir de ellos. Porque los consideras amigos tuyos aunque jamás llegues a tratarlos en persona. Porque nunca hablarás con ellos pero ellos se comunican constantemente contigo. Porque ya forman parte de ti.

lunes, 25 de agosto de 2008

UN SEGUNDO_RAY LORIGA

Relato publicado en la REVISTA MAN en el mes de julio de 2008



Relatos anteriores


EL FINAL, POR AHORA (I)
PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)
DENTRO DEL BOSQUE (III)
CAPERUCITA LOCA (IV)
FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)
NADA MALO (VI)
UNA VIDA DIFERENTE (VII)
ZIG ZAG (VIII)







UN SEGUNDO
A veces, a la policía le cuesta horas de trabajo, y no poca imaginación, reconstruir algo que ha sucedido en un segundo y que, como otras muchas cosas, podría perfectamente no haber sucedido nunca. No todo encaja y él lo sabía. Muchas cosas sólo suceden, sin responsabilidad ninguna para con el orden, o el sentido. Los ladrones de cerdos habían muerto sin saber por qué, como habían muerto esas pobres chicas despedazadas y cuidadosamente guardadas en el frigorífico, como podía morir él, si no hacía algo por impedirlo.

Volvió a sentir náuseas. Ésta había sido la peor mañana de su vida. Le habían golpeado, le habían robado, se había enamorado de una mujer a la que no conocía, había visto cuerpos descuartizados en una nevera, no tenía más remedio que cuidar de una niña que aún no sabía que era huérfana y se disponía a tomar café con un asesino. Además había perdido su coche, y él no era más que un conductor, y sin su coche ya no era nada. A veces, en un segundo, se pierde pie y todo se tuerce. Recordó haberse sentido muy bien cuando recogió a la mujer, en la ciudad, hace ya un día. Su trabajo era conducir a gente, de un lugar a otro, sin hacer preguntas, ni pensar demasiado. A gente que por lo general no le interesaba demasiado. Hombres de negocios, turistas, ancianas millonarias. Había estado conduciendo a los demás toda su vida, sin importarle mucho a dónde fueran. Tal vez por eso se había enamorado de ella nada más verla. Estaba harto de llevar a cualquiera a cualquier sitio. O tal vez simplemente estaba deslumbrado por su belleza, porque era una mujer que un hombre como él jamás habría conocido en otras circunstancias.

No era la primera vez que llevaba a una mujer hermosa en su coche, claro está, pero sí era la primera vez que ella le prestaba un poco de atención y además, no todas la mujeres hermosas son iguales, y él se había enamorado de ésta y no de otra, aunque sabía y lo sabía porque le dolía, que no tenía la más mínima oportunidad con una mujer así.

Y sin embargo, soñaba, porque todo el mundo tiene derecho a imaginarse una vida mejor que la suya, una mujer preciosa entre los brazos, un nombre distinto. Pero el tiempo de los sueños se había terminado. La carretera en la que estaba atrapado no era la carretera que querría haber tomado. La vida distinta, con la que soñaba, no era ésta. Se sintió culpable de un modo impreciso, como se siente culpable un hombre en mitad de sus propias pesadillas. Si existe algún tipo de responsabilidad sobre nuestros sueños, también entre nuestras pesadillas, no se es nunca del todo inocente. Soñar no es gratis.

Bajó de la furgoneta y esperó a que bajara el asesino. Al otro lado del cristal, en la cafetería, la niña levantó la mano para saludarle, pero él no respondió al saludo. La mujer, junto a la niña, intuyó que algo iba mal. El hombre se demoró cogiendo algo de la trasera de la furgoneta. Cuando por fin salió, llevaba un periódico doblado bajo el brazo con algo dentro. Al cruzar la puerta de la cafetería pudo ver la punta de un cuchillo de cocina grande mal escondido entre las páginas del diario.

Caminaron juntos hasta la barra. El asesino apenas miró a la mujer y a la niña y él las ignoró por completo. La niña trató de levantarse pero la mujer la sujetó por la muñeca.
El camarero no fue tan listo.

¿Otra cerveza?

Gracias, dijo él.

Yo tomaré un café, dijo el asesino, depositando suavemente el periódico con el cuchillo dentro, sobre la barra.

Así que ha estado aquí antes, tal vez por eso quería pasar de largo.

Sí, he estado aquí antes. Tuve un accidente y llevo toda la mañana tratando de salir de aquí.

Yo también quisiera estar ya muy lejos, respondió el asesino.

El camarero sirvió la cerveza y se giró hacia la máquina de café, dándoles la espalda.

¿No tendrá usted un arma?, preguntó él.

El camarero se giró de nuevo.

Tengo una escopeta de dos cañones bajo la barra, respondió. ¿Por qué lo pregunta?

Porque este hombre sólo tiene un cuchillo de cocina, dijo él, dando dos pasos hacia atrás. El asesino abrió el periódico y cogió el cuchillo.

La mujer se levantó, y tomó la mano de la niña. Estaban muy cerca de la puerta, pero no les dio tiempo a llegar. El asesino corrió hacia ellas con el cuchillo en la mano. A pesar de ser un hombre grueso, era rápido como un demonio. Para cuando el camarero sacó su escopeta, el asesino ya sujetaba a la cría por el cuello mientras acercaba el filo del cuchillo a su ojo derecho.

Ahora tendremos que pensarnos esto con calma, dijo el asesino, para empezar deje usted esa escopeta sobre el mostrador, si no le importa.

El camarero sujetó la escopeta a la altura del pecho, apuntando al asesino y a la niña, sin saber qué hacer.

lunes, 7 de julio de 2008

ZIG ZAG_RAY LORIGA


Publicado en la
REVISTA MAN en junio de 2008


Relatos anteriores:


EL FINAL, POR AHORA (I)

PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)

DENTRO DEL BOSQUE (III)

CAPERUCITA LOCA (IV)

FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)

NADA MALO (VI)

UNA VIDA DIFERENTE (VII)





ZIG ZAG (VII)



¿Ha matado a alguien últimamente?

El hombre que conducía la furgoneta no levantó los ojos de la carretera al oír la pregunta.

Dos esta misma mañana, contestó, y tres más la noche anterior.

¿Piensa matar a alguien más?

No, hoy desde luego, estoy cansado. Es un trabajo enorme despedazar los cuerpos y hacer los paquetes del tamaño justo para que encajen bien en las bandejas de la nevera.

Por alguna razón creyó en lo que el hombre le decía y no sintió miedo. Se puede ser un asesino y no ser un mentiroso, son cosas que no tienen nada que ver, y aquel hombre decía la verdad. En cualquier caso pensó que sería buena idea pasar de largo la gasolinera, bajarse de la furgoneta, y volver luego a por la mujer y la niña. Le pareció que estarían más tranquilas si este asesino concienzudo pasase de largo y siguiera su camino, donde fuera que fuese.

¿Es de por aquí?, preguntó entonces el asesino, como si lo que acabase de contarle a un desconocido no tuviera la menor importancia.

No, estoy de paso.

Yo también. Es un pueblo bonito, con el bosque y la nieve y todo eso, pero ya he matado demasiado por aquí. No me importa que me cojan, pero no quiero que me cojan todavía. Acabo de empezar, ¿sabe? He dejado los gatos hace nada.

¿Los gatos? , preguntó él.

Sí, se empieza siempre con gatos, supongo que es porque los perros muerden. Hay quien empieza con pájaros, pero para mi gusto son demasiado pequeños, es casi como matar insectos, no merece la pena. El tamaño es importante. Nadie siente nada especial por matar una cucaracha o una araña, pero a la gente se le muda la cara si pilla un perro en la carretera. Tiene que ser lo suficientemente grande para que uno sienta que ha matado algo. Así que los gatos suelen ser la primera opción. Yo he dejado los gatos hace apenas nada. Antes de la fiesta de la pasada noche, sólo había probado con dos viejos vagabundos. Los viejos borrachos sin casa, esos que duermen bajo cartones, son lo más fácil, después de los gatos. Es el camino más común, no me he inventado nada nuevo. Hay que ir cogiendo confianza. Los tres de la fiesta eran mujeres. Primero iba a matar a dos que estaban dormidas en una cama, pero después entró otra en la habitación, tambaleándose, y como había visto que la nevera era lo suficientemente grande... En fin, estaban las tres muy borrachas y creo que no se enteraron de nada. Los dos de la cabaña tienen mucho más mérito, eran dos hombres fuertes. Creo que he avanzado mucho en poco tiempo. Los hay que no pasan nunca de los gatos y los que no se atreven a ir nunca más allá de las mujeres, pero creo que no es justo matar solamente a quien no es capaz de defenderse. Una de las razones de meterse en esto es precisamente alterar las leyes de la naturaleza, no me parece bien dedicarse luego a respetarlas con sumisa cobardía. Yo me veo más como un cazador que como un asesino. Y un buen cazador cada vez busca una presa más grande.

Llegados a este punto, él se alegró sinceramente de no ser una pieza más grande y pensó que según ese estricto razonamiento tampoco la mujer y la niña lo serían. Aún así, no pensaba arriesgarse.

Tal vez este cazador tarado decía la verdad, pero tal vez sólo decía esas cosas para darse importancia. A la gente le gusta mucho oírse hablar y decir cosas muy serias que en absoluto tienen que ver con su conducta. Lo había escuchado mil veces. Mientras llevaba a sus clientes de un sitio a otro había escuchado una y otra vez las posiciones de importancia y rectitud que la gente se otorgaba gratuitamente. Pero si algo sabía a estas alturas de su vida es que la mayoría de las personas, él mismo incluido, no caminan en línea recta sino en zigzag.

Se estará preguntando por qué los dejo en paquetes perfectos dentro de la nevera, dijo el hombre.

Lo cierto es que no se estaba preguntando nada, y menos eso. No podía importarle menos lo que hiciese aquel hombre con sus cuerpos. Pero se había dado cuenta de que se lo iba a contar igualmente porque a este asesino en particular le gustaba tanto presumir como al resto de sus clientes.

Por lo menos ahora él no conducía. Ya no era el chófer de nadie, así que tampoco le importaba escucharlo.

Verá, es una cuestión de limpieza. No se puede dejar un cuerpo en descomposición Dios sabe cuántos días y además la tarea, y le puedo asegurar que es una tarea dura, de cortar los trozos y empaquetarlos le distrae a uno enormemente. Es, por así decirlo, relajante. Después del pánico que se siente al matar a alguien. Hay quien dice que no siente nada al matar, pero no lo crea, los asesinos son muy presuntuosos. Siempre se tiene miedo al matar. Y supongo que al morir...

Él pensó entonces que éste no era precisamente el menos presuntuoso de los asesinos, pero no dijo nada.

Supongo que yo también le estoy pareciendo un poco presumido, dijo entonces el hombre, y esta vez acertaba.

Es imposible no crecerse un poco después de matar, no porque sea gran cosa, no soy tan idiota, sino porque durante mucho tiempo pensé que no sería capaz de hacerlo, que no era más que una loca fantasía. Hay mucha gente que sueña con matar pero no hay tanta gente que lo haga. Y hay muchos que no van más allá de los gatos. Casi todo el mundo ha mirado alguna vez hacia abajo desde un lugar muy alto y ha pensado en saltar, pero no hay mucha gente que salte.

Quedaba poco para llegar a la gasolinera.

Si no le importa me bajaré en el siguiente pueblo, dijo él. Tengo que recoger allí a alguien.

No hay problema, respondió el hombre, pero antes tengo que poner gasolina y tal vez tomar un café.

La furgoneta tomó el desvío de la gasolinera y al llegar a los surtidores, pudo ver junto a la ventana de la cafetería a la niña y a la mujer de la que seguramente y estúpidamente se había enamorado.

¿Podríamos saltarnos el café? Tengo un poco de prisa, dijo él.

No, no, respondió el hombre. El café es importante...

lunes, 2 de junio de 2008

Nueva novela de Ray Loriga

Leo en la sección de Ricard Ruiz Garzón en El Periódico, que Ray Loriga sacará novela para octubre. La publicará Alfaguara y se titulará Ya sólo habla de amor. Al parecer se trata de un monólogo interior sobre las vicisitudes sentimentales de un hombre en crisis tras haber roto con su pareja. Promete y con semejante argumento la especulación está servida. ¿Cómo se llamará la protagonista? Se admiten apuestas.

Tras cuatro años sin novela, los fans de Loriga la esperamos con impaciencia.

De paso Alfaguara reeditará Lo peor de todo y Tokio ya no nos quiere, novela que me enganchó a Loriga y que recomiendo siempre. Y Punto de Lectura publicará en bolsillo Héroes y Caídos del cielo. Se agradece, ya que estos títulos ahora mismo son inencontrables en las librerías.

Seguiremos informando.



UNA VIDA DIFERENTE_RAY LORIGA


Publicado en la REVISTA MAN en abril de 2008.


Relatos anteriores:


EL FINAL, POR AHORA (I)

PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)

DENTRO DEL BOSQUE(III)

CAPERUCITA LOCA (IV)

FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)

NADA MALO (VI)






UNA VIDA DIFERENTE (VII)



No tuvo que llamar a la puerta porque la encontró entreabierta. Todo el mundo sabe que no se debe entrar en las casas extrañas cuando la puerta está entreabierta, él también lo sabía, pero necesitaba recuperar su reloj. Hubiese entrado descalzo en el infierno para recuperar el reloj de oro de su padre. No tenía mucho más en esta vida. La Cabaña estaba vacía, lo supo nada más entrar, porque era tan pequeña que no había donde esconderse. Parecía más un refugio de montaña que una casa. Trató de imaginar qué clase de vida tendría la pobre niña, compartiendo aquella habitación con esos dos brutos. Había tres camas viejas, un sofá, frente a un televisor encendido, con el volumen quitado. Al fondo una cocina, la pila llena de platos sucios, y una nevera abierta, y un charco de sangre bajo la nevera. Tendría que haberse marchado al ver la sangre, pero no lo hizo. Se acercó a la nevera. Estaba llena de paquetes hechos con papel de periódico, ensangrentados. En la rejilla superior había dos paquetes grandes, redondos, que podrían haber sido dos hermosas sandías pero que seguramente no lo eran. Buscó con calma entre los paquetes, tanteándolos con los dedos, como un niño que busca bajo el árbol su regalo de reyes. Abrió uno, y se encontró con el brazo de un hombre cortado a la altura del codo, desgraciadamente era el brazo derecho. Abrió un par más hasta dar con lo que buscaba. El brazo izquierdo de un hombre mayor con su reloj de oro en la muñeca. Cogió su reloj, le limpió la sangre lo mejor que pudo con su abrigo, y volvió a dejar el brazo en la nevera.

Si hubiese sido más listo no habría hecho nada de esto y lo sabía, pero sabía también que si hubiese sido más listo toda su vida hubiese sido muy distinta, y ya era demasiado tarde para cambiar las cosas. A veces un hombre tiene que empezar a caminar por su vida sin pensar en lo que podría haber sido. Si algo tiene mal remedio, es la propia naturaleza. Salió de la cabaña y se encendió un cigarrillo. No estaba muy seguro de lo que debía hacer a continuación.

No le gustaba nada tomar decisiones, por eso se había hecho conductor. Era un trabajo sencillo. Recoger gente, llevarla a donde quiere ir, recibir órdenes y no hacer preguntas. Era una vida tranquila, hasta ahora. No le importaba lo que pudiese pasarle a ninguno de sus clientes una vez que abandonaban el coche, o un segundo antes de subirse en él. Tampoco era asunto suyo lo que dijesen o hiciesen dentro. No prestaba atención a sus conversaciones, a sus enfados, a sus lágrimas. Nada era asunto suyo. Sólo la carretera.

Había quebrantado sus propias reglas la noche anterior al entrar en aquella fiesta para rescatar a una mujer hermosa en peligro y todo había sido un desastre desde entonces. Si alguna vez salía de ésta, no volvería a hacerlo. Si conseguía recuperar su coche ya nunca saldría de él. Se hizo a sí mismo esta solemne promesa. Se sintió más tranquilo por un instante, pero sabía que esa decisión en nada arreglaba sus problemas inmediatos.

Descartó ir a la policía, no tenía ganas de pasarse el día dando explicaciones, y temía que acabaría siendo sospechoso de algo. Pensó en recuperar su coche y largarse de allí y no volver a pensar nunca en ello. Era lo más sensato y sin embargo no le gustaba la idea de que la niña volviese a su casa y se encontrase con su padre y su hermano descuartizados dentro de la nevera. Además estaba la mujer. Era su cliente y aún no la había llevado a su destino. Sabía que esto último no era más que una excusa. En realidad no soportaba la idea de no volver a verla. También un hombre como él tenía derecho a enamorarse.

Decidió por lo pronto alejarse de la cabaña y regresar a la carretera. Estaba harto de bosques encantados, la carretera era su lugar natural y no tendría que haberla abandonado nunca.

El sol había fundido ya casi toda la nieve. Empezaba a tener calor. Se sonrojó al pensar que se había reconocido a sí mismo enamorado de aquella mujer preciosa a la que no conocía de nada. Se sintió estúpido y extrañamente alegre al mismo tiempo.

Dos coches de policía le sacaron por un segundo de sus peregrinas preocupaciones románticas. Iban en sentido contrario a su camino, en dirección a la gasolinera.

Siguió andando y al pasar una curva, vio por fin su coche a lo lejos. Junto al coche había dos motos de la guardia civil y dos agentes inspeccionaban el interior del vehículo. Le molestó enormemente ver a dos desconocidos dentro de su coche. Dio media vuelta, sin saber muy bien qué hacer.

Dio cinco pasos y se detuvo. A menudo un hombre que no sabe a dónde va no tiene prisa. Y en cualquier caso ya había caminado demasiado esa mañana. Encendió otro cigarrillo y trató de no pensar en nada. Cerró los ojos, nada de lo que le había sucedido era culpa suya, todo había pasado por accidente, sin que nadie contase con él. No tenía por qué sentirse responsable de nada y sin embargo estaba nervioso. No como alguien que ha cometido un crimen, sino como alguien que sabe que los demás no saben que no lo ha cometido. No abrió los ojos hasta que escuchó el motor de un coche deteniéndose a su lado.

Era una vieja furgoneta, conducida por un hombre grande y grueso.

¿Le llevo a alguna parte? preguntó el hombre.

Sin saber por qué contestó que sí y subió al coche. Estaba harto de andar. Al entrar vio una gran pila de periódicos viejos en la trasera de la furgoneta...


lunes, 5 de mayo de 2008

NADA MALO_RAY LORIGA


Publicado en la REVISTA MAN en marzo de 2008.


Relatos anteriores:


EL FINAL, POR AHORA (I)PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)DENTRO DEL BOSQUE(III)

CAPERUCITA LOCA (IV)

FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)





NADA MALO (VI)

No más noches sin dormir, no más dolores de espalda, no más deudas, no más llamadas sin respuesta. Este día era el único, y después no habría otro. Se sintió viejo mientras la miraba. Echó de menos su coche. Debería caminar de vuelta, atravesar el bosque y recuperarlo. Debería llevar a esa mujer a su casa, o al aeropuerto, o a dondequiera que fuera. Debería cumplir con su trabajo, y regresar él también a su casa. Terminar con esta extraña aventura que se iba extendiendo como la mancha de sangre bajo la nevera. La mujer estaba ahora en silencio, mirando hacia la ventana. En el parking de la cafetería, junto a la gasolinera, el camionero gesticulaba, iba y venía, gritaba.

¿Qué ha pasado?, preguntó ella.

La niña no podía contener la risa.

Mi padre le ha robado el camión.

No he visto ni oído nada, dijo él, nunca vi a nadie robar cerdos con tanta delicadeza.

Mi padre no es un bruto, dijo la niña, orgullosa. Bueno, a veces sí. Pero no mataría a nadie y esas cosas... y si puede, prefiere robar por las buenas.

Tendría que llamar a la policía, dijo ella. Anoche pasó algo muy raro en esa casa y esta mañana no ha empezado mejor.

La niña se puso de pronto muy seria.

Mi padre no tiene nada que ver con la casa. Mi padre no mata, ni corta a la gente en pedacitos, mi padre sólo roba. Y a veces pega para robar, y a veces pega porque sí, pero no es un asesino. Mi padre roba a la gente que pasa por aquí y nada más.

Si se pasa el día robando en la misma zona, terminaran pillándole, dijo él.

 No, no... aquí todos le cubren. A cambio él reparte lo que roba. Es muy generoso con eso.

Robin Hood..., no te jode, he ido a caer en los bosques de Sherwood..., dijo ella. Será mejor que nos larguemos pronto.

Al decir esto le miraba a él, y él volvió a sentirse como lo que en realidad era, su chófer. La fantasía de que esa mujer fuese algo más que un cliente se esfumó y no pudo evitar sentir vergüenza. Apartó la cerveza y se levantó de la mesa.

Voy a arreglarme un poco, dijo. Y después debería ir a recuperar el coche si es que el padre de ésta no lo ha robado ya...

Se fue hacia el baño. La cabeza aun le dolía, su traje estaba manchado de barro, las cosas se habían torcido demasiado y lo peor de todo es que por un buen rato, desde que había besado a esa mujer, se había sentido bien dentro del desorden. Como un preso en sus primeros diez pasos fuera de la cárcel. Había olvidado su verdadera naturaleza, su familia, su nombre. Ahora tenía que peinarse y adecentarse un poco y recuperar su coche y su oficio y librarse de esa mujer, y de la niña, y sobre todo, de sus absurdos sueños, lo antes posible. Mientras se mojaba la cara y se peinaba con los dedos hacia atrás sintió que recuperaba poco a poco al hombre que en realidad era. Al regresar a la mesa con paso firme, todas sus fantasías se habían esfumado. Mirando a la niña y a la mujer sentadas junto a la cristalera, se propuso empezar a hacer las cosas bien a partir de ahora.

Si me deja un segundo su teléfono, llamaré a la policía. Después iré por el coche y la recogeré.

No..., dijo ella. Nada de policías. No puedo dejar que me enreden en esto. No sé lo que pasó en esa casa, ni quiero saberlo. Pero había cosas que sí sé, en esa casa, que preferiría no tener que explicar. Vaya por el coche y sáqueme de aquí, por favor.

Sintió que aquello no era una petición, sino una orden.

La niña se limpió el bigote de chocolate con la manga.

Yo también prefiero que no llame a la policía. No me gustaría que cogiesen a mi padre porque entonces cogerían también a mi hermano, y a mi hermano le quiero muchísimo y además no me gustaría quedarme sola.

Estáis todos locos, dijo él.

La niña y la mujer sonrieron. Le pareció que las dos eran muy bonitas y que tampoco tenía él por qué entrometerse en sus asuntos.

Voy por el coche, dijo, y salió de la cafetería.

Caminó por la carretera junto al bosque. Pasaban algunos coches, no hacía frío, la nieve aún resistía bajo un espléndido sol de invierno. Pensó que por fin estaba haciendo lo correcto. Cumplir con su trabajo y no meterse en líos. Las últimas horas habían sido muy extrañas pero todo podía volver a ser normal. Sólo tenía que sentarse en su coche y conducir, que era lo que había hecho casi toda su vida, y no preguntar nada y no esperar nada y no besar a mujeres muy guapas que no eran suyas. En eso iba pensando cuando vio un bulto en la cuneta. De lejos le pareció un perro atropellado. Pero al acercarse se dio cuenta de que era en realidad un cerdo. Un cerdo degollado tendido en la nieve. Supo enseguida que lo mejor sería pasar de largo, pero sin embargo se acercó. Se quedó mirando el cerdo muerto sobre la nieve y sintió cómo de nuevo el día se torcía. Al levantar la vista se encontró una vez más frente al bosque. En el bosque vio, a lo lejos, la cabaña. Una pequeña cabaña, con una chimenea de la que salía humo. Miró al cerdo una vez más e imaginó que aquella era la casa de la niña. Entonces recordó su reloj. El reloj de oro de su padre que esos ladrones del bosque le habían robado. No le importaban nada el dinero, o el teléfono, pero quería recuperar su reloj.

Hay cosas que uno puede permitir en esta vida y hay cosas que no. Hay cosas que se pierden y jamás se echan de menos. El reloj de su padre no era una de ellas.

Buscó entre las ramas un palo lo suficientemente grueso. Cuando lo encontró se sintió inmediatamente más seguro de sus fuerzas. Armado con un tronco, dejó la carretera y caminó hacia la cabaña en el interior del bosque...

lunes, 7 de abril de 2008

ÚLTIMOS RELATOS DE RAY LORIGA




He descubierto textos recientes de Ray Loriga, que publica en la revista MAN, de periodicidad mensual. Los relatos tienen continuidad.



Los subo en posts diferentes, aunque unidos sean una misma historia.

Su orden es:


EL FINAL, POR AHORA (I)


PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)


DENTRO DEL BOSQUE (III)


CAPERUCITA LOCA (IV)


FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)


NADA MALO (VI)


UNA VIDA DIFERENTE (VII)

FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA_RAY LORIGA




Publicado en la Revista Man el 25 de febrero de 2008

Relatos anteriores:

EL FINAL, POR AHORA (I)

PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)

DENTRO DEL BOSQUE (III)


CAPERUCITA LOCA (IV)



FUE UNA NOCHE MUY EXTRAÑA (V)



Parece cansada, dijo la niña, mientras la mujer se acercaba a la barra. La cafetería de la gasolinera estaba vacía. No hay muchos conductores que madruguen para conducir entre la nieve un día de fiesta. La mujer apoyó los codos sobre el mostrador, y sujetó la cabeza entre las manos. Por un segundo su cabeza desapareció dentro de su abrigo de piel.

La niña la miraba atentamente. Nunca había visto a una mujer así, fuera de las páginas de una revista.

La mujer pidió un vaso de agua.

Dale una botella, Raúl, le dijo la niña al camarero.

La mujer se giró y miró hacia la mesa en la que estaban la niña y su tazón de chocolate y el hombre y su cerveza. El agua aquí no sabe muy bien, dijo la niña, como si quisiese excusarse por haberse entrometido.

No llevo dinero encima, dijo la mujer.

No pasa nada, dijo la niña, yo invito.

La mujer cogió su botella de agua y se acercó a la mesa.

¿Puedo sentarme?, preguntó.

Claro, respondió la niña. Y después se echó a un lado, para que la mujer preciosa pudiera sentarse junto a ella.

La mujer estaba por fin sentada junto a una niña que no conocía y enfrente del hombre que no era más que el conductor de su coche pero al que seguramente había besado.

Él, por su parte, sabía ahora que no lo había imaginado todo. Al verla tan de cerca recordaba claramente que la había tenido entre sus brazos, y recordaba también que ella temblaba.

Temblaba de miedo, dijo ella entonces, como si le hubiera leído el pensamiento.

A lo mejor era de frío, dijo la niña.

No, era de miedo, dijo él.

Gracias por sacarme de allí, añadió ella , mientras extendía la mano para alcanzar el paquete de cigarrillos.

Él sacó un cigarrillo del paquete y se lo dio. Luego encendió el mechero y la mujer se inclinó sobre la mesa para prender el cigarrillo. Él se encontró de pronto a muy poca distancia de sus labios y no pudo evitar sentirse incómodo, como alguien que vuelve a un lugar que no es el suyo, así que apartó la mirada y no supo si ella le miraba o no a los ojos, ni cómo le miraba, ni por qué.

Había sangre debajo de la nevera, dijo ella.

Y el recordó la sangre que goteaba desde el interior de la nevera entreabierta hasta encharcar el suelo de la cocina.

Lo vi, dijo él.

Y había uno de esos cuchillos eléctricos manchado de sangre, sobre la mesa, dijo ella.

Eso también lo vi, respondió él.

No sé que clase de fiesta macabra era ésa. Había docenas de rosas de plástico clavadas sobre la nieve. Y un hombre disfrazado de Papá Noel, sentado junto a un saco vacío.

La mujer cerró entonces los ojos, la niña tenía razón, parecía muy cansada.

Ni siquiera sé por qué estaba allí. Mi agente cree que es importante. Mi agente piensa que no puedes decir no a ciertas personas, a ciertas cosas, a ciertas fiestas....

La niña miró un segundo a la mujer, y después miró al hombre y luego miró por la ventana de la cafetería. Un enorme camión cargado de cerdos aparcó casi frente a la puerta, y un camionero bajó de un salto desde la cabina del camión y entró.

El camionero pidió un café en la barra y corrió hacia el baño.

Pobres cerdos, dijo la niña, imagino que no les gusta nada viajar así.

La mujer abrió los ojos.

Entré en la casa al oír sus gritos, dijo él, y de pronto se extrañó de no ser capaz de tutearla. Seguramente no lo había hecho nunca, al fin y al cabo, y por mucho que la hubiese besado, no era más que su conductor.

Yo no fui la primera en gritar, dijo ella, la otra chica empezó a gritar antes que yo.

La otra chica estaba desnuda, dijo él.

Yo también, dijo ella. Me puse el vestido poco antes de que entraras, cuando todo el mundo empezó a correr.

¿Por qué estabas desnuda?, preguntó la niña.

Estábamos los tres en una de las habitaciones, respondió ella. Esa chica, y yo, y ese tío que creo que era francés.

¿Era guapo?, preguntó la niña.

Muy guapo, dijo ella. Estábamos los tres besándonos en la cama cuando la otra chica empezó a gritar. Había alguien más en la habitación... después golpearon la puerta y oímos gritos en el jardín, y carreras por los pasillos.

¿Quién más había en la habitación?, pregunto él.

No lo sé. Estaba escondido detrás de las cortinas. Un hombre muy alto. Sólo vi sus enormes zapatillas asomando y su sombra tras las cortinas. Cuando salí al pasillo, un hombre me sujetó por el brazo y me dijo que habían cortado a más de uno en trozos muy pequeños...

¿A que se refería?, preguntó la niña.

No lo sé, respondió ella. No dijo nada más, han cortado a más de uno en trozos muy pequeños...

Todo el mundo corría. Al bajar por la escalera alguién me empujó y caí. Me raspé las mejillas contra la moqueta.

La mujer se llevó la mano a la mejilla. La niña vio que aún estaba enrojecida.

Tú me recogiste del suelo y me sacaste por la puerta de la cocina. Entonces vi la sangre debajo de la nevera. Estaba temblando de miedo.

¿Y entonces, él la besó?, preguntó la niña.

No, eso fue luego, dijo él.

La mujer sonrió por primera vez. Cuando entré en la casa, vi algo más, añadió él.

¿Qué?, preguntó la niña.

Había algo escrito en la pared, algo escrito con sangre o tinta roja.

¿Qué?, repitió la niña con la cara semiescondida dentro de su tazón de chocolate.

Nada.

¿Nada...?, preguntó la niña. Nada. Escrito en grandes letras rojas. NADA.

El camionero salió del baño. Y apenas había dado un sorbito a su café cuando al mirar hacía la puerta se dio cuenta de que su camión ya no estaba.

¡ME HAN ROBADO EL CAMIÓN! El camarero dejó por un segundo de limpiar el mostrador con un trapo empapado en ginebra barata.

La niña no pudo evitar reírse.

Mi padre está loco, dijo. No sé qué vamos a hacer con tantos cerdos...