Dice Holden Caulfield sobre los libros:

“Los que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras”.

Esta página nace porque hay artistas cuyos mundos cambian el tuyo. Porque una vez que los conoces ya no puedes prescindir de ellos. Porque los consideras amigos tuyos aunque jamás llegues a tratarlos en persona. Porque nunca hablarás con ellos pero ellos se comunican constantemente contigo. Porque ya forman parte de ti.

lunes, 7 de abril de 2008

CAPERUCITA LOCA_RAY LORIGA

Publicado en la Revista Man el 31 de enero de 2008


Relatos anteriores:

EL FINAL, POR AHORA (I)
PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)
DENTRO DEL BOSQUE (III)


CAPERUCITA LOCA (IV)

Por segunda vez en la misma mañana, se despertó tumbado sobre la nieve. El frío en la cara y la humedad le resultaron familiares. Las desgracias repetidas producen a menudo ese efecto. Abrió los ojos y vio a la niña, sentada con las piernecitas juntas sobre una gruesa rama.

¿Todavía quiere una cerveza?, dijo la niña.

Le dolía demasiado la cabeza para contestar, pero lo cierto es que le apetecía una cerveza, le apetecía tanto que hubiese sido capaz de matar a un ángel por una cerveza bien fría. Se incorporó despacio y se palpó la ropa. Ni gafas, ni cartera, ni teléfono. Su reloj de oro tampoco estaba ya en su muñeca. Era un regalo de su padre y lo echaría de menos.

Podrían haberle pegado más, son muy brutos, pero les pedí que no le hicieran mucho daño... dijo la niña. Gracias, dijo él. De nada, contestó la niña, moviendo los piececitos para sacudirse la nieve de las botas.

Me cae usted muy bien. Siento que mi padre y mi hermano le hayan robado. A veces roban a la gente que se pierde en el bosque. Yo les ayudo y también intento que no maten a nadie, porque son un poco brutos. La gasolinera no está lejos, si todavía quiere una cerveza...

No tengo dinero...

Yo sí, me han dado mi parte. No me importa invitarle. Al fin y al cabo, hasta hace nada era su dinero...

¿Qué clase de caperucita loca eres tu?

No se enfade, dijo la niña. Son mi padre y mi hermano... ¿Que quiere que haga? Y además prefiero que peguen a otro, porque cuando no encuentran a nadie a quien pegar, me pegan a mí.

Lo entiendo..., dijo él, peinándose el pelo hacia atrás con las manos, tratando de recobrar la compostura.

Luego se levantó. La niña también se puso en pie y le sonrió.

¿Ve? No le han pegado muy fuerte. Venga conmigo, le invito a lo que quiera.

La niña se puso a andar y él la siguió. No tenía nada mejor que hacer y quería salir de ese bosque de una vez por todas.

Cuando llegaron a la gasolinera, su dolor de cabeza comenzó a disiparse, le dolían aún las costillas, pero no le pareció que tuviera nada roto. Tenía razón la niña, podría haber sido peor.

Entraron en el pequeño bar, a pocos pasos de los surtidores donde sólo había un camión enorme que cargaba con lo que parecía una hélice gigante.

Es para los molinos de viento, dijo la niña. Están poniendo muchos en el monte. Son muy bonitos.

Al entrar en el bar, la niña se fue derecha a la máquina de cigarrillos. ¿Qué marca fuma usted? Preguntó mientras echaba las monedas.

Camel, respondió él.

Como mi padre...

La niña le dio el paquete.

Raúl, dale fuego a este señor y una cerveza bien fría. Y para mí un colacao muy caliente.

La niña se sentó en una mesa junto a la ventana. Él camarero le encendió el cigarrillo y le regaló el mechero. Así son las cosas a veces, primero te roban y luego te invitan. Nada que objetar en cualquier caso.

Cogió el mechero y fue sentarse frente a la niña. Me cae usted muy bien, dijo la niña, no me extraña que ella le quiera tanto.

Él no supo que contestar.

Llegaron la cerveza y el colacao. Él bebió un trago muy largo directamente de la botella. La niña empezó a disolver el sobrecito de chocolate con muchísima paciencia.

Cuando sea mayor, dijo la niña, dándole vueltas y vueltas a su cucharita, encontraré a alguien que me quiera mucho. Y a ese no le robarán en el bosque. Le cuidaré tanto que no tendrá más remedio que cuidarme mucho a mí y tendremos muchos muchos hijos. Cien a lo mejor.

Cien, son muchos, dijo él.

¿Tiene usted hijos?, preguntó la niña.

Dos, respondió él.

¿Y cómo son?

Mejores que yo...

En ese momento pensó en sus hijos, y en lo poco que quedaba ya para las navidades y se dio cuenta de que aún no había empezado a comprar regalos. A veces un hombre quiere de veras hacer muchas de las cosas que no hace, y eso le convierte en un hombre muy triste.

Tenía la ropa manchada de nieve sucia. Trató de limpiarse un poco con las manos. Le hubiese gustado tanto estar enamorado, sólo así se entienden algunas cosas. Sólo así se soporta casi todo, por extraño que sea. Bebió un poco más de cerveza y encendió otro cigarrillo. Al mirar por la ventana vio cómo el camión que cargaba la hélice se marchaba. También vio cómo la mujer a la que había abandonado en la carretera se acercaba. No era un hombre miedoso, pero sintió un escalofrío.

Sabía que vendría, dijo la niña, con un cómico bigote de chocolate en los labios.

Pues sabías mucho más que yo, respondió él, mientras la mujer cruzaba ya la puerta del bar.


DENTRO DEL BOSQUE_RAY LORIGA




Publicado en la Revista Man el 16 de enero de 2008


Relatos anteriores:


EL FINAL, POR AHORA (I)
PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)



DENTRO DEL BOSQUE (III)


Al verla salir del coche, sin darse ni cuenta dio un paso atrás, y luego otro escondiéndose cada vez más dentro del bosque. La niña le seguía.

Andando también hacia atrás, poniendo, divertida, sus pasos sobre las huellas que él dejaba. Como si todo esto, el accidente, el hombre tumbado sobre la nieve, la mujer dormida en el coche y ahora despierta junto a la carretera, no fuera más que un juego.

Desde donde estaban aún podían ver la carretera, el coche entre la nieve, y a la mujer que merodeaba alrededor del coche mirando en todas direcciones.

Es muy guapa, dijo la niña... y lleva un abrigo muy caro. Parece que no sabe dónde ir... Tal vez le esté buscando.

Él se ocultó detrás de un árbol.

La niña esta vez no se movió pues no quería perder de vista a la mujer.

Sonó el móvil, y él se llevó de inmediato la mano al pecho para ahogar el sonido del teléfono. Mantuvo la mano así, sobre el corazón, hasta que el teléfono, guardado en el bolsillo interior de su chaqueta, dejó de sonar.

¿Por qué no ha contestado?, dijo la niña. Era ella... y se ha enfadado...

Se asomó un poco para verla. Más que enfadada parecía triste pero desde esa distancia le era imposible precisarlo.

La vio apoyarse en el coche y guardar el teléfono en el bolsillo de su abrigo de piel.

Era desde luego una mujer muy hermosa y la distancia no tenía nada que ver en eso. La recordaba perfectamente. Recordaba también su manera de sonreír, que le pareció franca en un principio pero que después le llenó de desconfianza. Una sonrisa dulce que parecía capaz de repetirse en cualquier circunstancia para defenderse de cualquier daño. Una sonrisa que no era un puente, sino un seto exquisitamente cuidado, alrededor de un precioso jardín.

No llama a nadie más, dijo la niña. A lo mejor no conoce a nadie, a lo mejor es extranjera, a lo mejor sólo tiene su número porque usted es su chófer, al fin y al cabo. A lo mejor no sabe conducir y por eso lo necesita, porque si no podría irse en el coche ella solita, y tan contenta. El coche no parece roto. ¿No está roto, verdad?

No, no creo, contesto él.

A lo mejor hay algo más, algo de amor...

¿Por qué tendría que haberlo?

No lo sé, dijo ella, pero me gustaría que lo hubiera... No me importa perderme el colegio por una historia de amor, pero si no es más que un accidente... sería todo más aburrido. A mi hermano le gustan las péliculas de violencia, pero a mí me gustan más de amor. Es normal ¿No? Siendo una niña y eso...

¿Dijiste que había un bar por aquí?, preguntó él.

Es más bien una cafetería, junto a la gasolinera. Pero tienen bebidas. Mi padre bebe mucho ahí.

Se giró por fin, dándole la espalda a la mujer, pero la mujer no pudo verlo. Después empezó a caminar. No supo porqué lo hacía. ¿Por qué alejarse de ella si la quería?

¿Por qué abandonar su coche en la cuneta?

¿Por qué cargar con esta niña tan rara?

¿Por qué no vamos por ella?, dijo la niña. A lo mejor quiere desayunar.

Él no contestó, siguió caminando sobre la nieve, y la niña otra vez se fue tras él. Colocando con cuidado sus zapatitos dentro de cada una de sus huellas.

No era un bosque muy grande, pero se hacía cada vez más denso. Los árboles cada vez más juntos, la nieve cada vez más oscura, pues el sol apenas cruzaba las espesas ramas de los abetos. Se sintió de pronto muy cansado, miró hacia atrás y la niña le sonrió. Pensó que había algo extraño en esa sonrisa, pero enseguida otras preocupaciones le distrajeron. Pensó en la mujer abandonada en la carretera y en cuánto le gustaría pasear con ella de la mano, por este bosque o por cualquier otro sitio. Pensó en si debía pedir un whisky una vez llegara a la dichosa gasolinera, pero le dio vergüenza hacerlo delante de la niña. Seguramente con una cerveza sería suficiente para entonarse un poco y alejar el miedo. Tenía miedo de muchas cosas, pero sobre todo tenía miedo de no volver a verla. Si era su chófer, ¿por qué la había besado? Recordó claramente ese beso y se guardó la certeza de no haberlo imaginado, como quien se guarda la llave de una casa que no es la suya pero a la que podría volver si quisiera.

Y así caminaba viendo ya el final del bosque y pensando en sus cosas cuando se topó de bruces con un hombre grande vestido con un abrigo largo, que llevaba un gorro de lana calado hasta las cejas y una estaca de madera en la mano.

Escuchó a la niña decir: no le hagas daño.

Antes de recibir el primer golpe.

No sintió dolor alguno, pero al llevarse la mano a la frente notó claramente la humedad de la sangre.

El segundo golpe le dio en la mejilla y quemó su piel como si le hubieran golpeado con un atizador de chimenea incandescente.

El tercer golpe lo recibió en la nuca.

Cayó al suelo.

Pensó un segundo si él último golpe se lo habría dado la niña, pero no le pareció que tuviera altura ni fuerza suficientes, y además a la niña le gustaban las historias de amor...

Para cuando le patearon el estomago ya había perdido el sentido.


PODRÍA MORIR DE FRÍO_RAY LORIGA



Publicado en la Revista Man el 29 de noviembre de 2007


Relatos anteriores:

EL FINAL, POR AHORA (I)


Dibujo de José Antonio Loriga




PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)
Cuando dejó atrás el coche semienterrado entre la nieve, no se paró a pensar en ello, pero al adentrarse en el bosque se dio cuenta de que el frío podría matarla. Creyó que pensaba en voz alta cuando la niña lo dijo.

“¿Va a dejarla en el coche? Se va a morir de frío”. Al principio no vio a la niña, sólo escuchó su voz. Pero sabía que las voces en el bosque pertenecen a la gente, y no creía en duendes ni en fantasmas. La niña no estaba escondida, ni mucho menos, estaba sentada en una piedra grande a la sombra de un árbol. La vio cuando se giró, tras escuchar su voz, y al principio no quiso contestar.

La niña se levantó y se sacudió la nieve del abrigo. Llevaba botas altas, y el pelo recogido con una flor de plástico.

“Hace muchísimo frío”, dijo la niña, juntando las manos antes de guardarlas en los bolsillos.

“Lo he visto todo, parecía que lo hacía a propósito. Si hubiese querido estrellarse no lo hubiera hecho mejor”.

“¿Qué haces aquí?”, preguntó él.

“Voy al colegio, siempre voy al colegio por el bosque porque mi madre no me deja cruzar la carretera. Lo he visto todo. ¿Lo ha hecho a propósito?”

“No lo sé. ¿Sabes qué ha pasado con el chófer? No está en el coche.”

La niña se rió y él se sintió mal, porque no había dicho nada gracioso.

“El chófer es usted”, dijo entonces la niña, señalándole con el dedo. “Usted conducía el coche y usted se salió de la carretera y se empotró contra ese montón de nieve y luego salió andando y se tumbó allí”. La niña señaló el prado cubierto de nieve que separaba la carretera del bosque.“Y estuvo tumbado un buen rato y luego se levantó y fue hacia el coche, y pensé que iba a ayudarla, pero no lo hizo. Y hace muchísimo frío y si la deja ahí se va a morir de una pulmonía o algo”.

Él se quedó pensando un segundo. No sabía que él fuera el chofer. Sabía que iba en el coche pero se imaginaba a sí mismo en el asiento de atrás, junto a ella. Se imaginaba, como sucede a menudo, más importante de lo que era. Más enamorado, más feliz, más alto, más fuerte, más afortunado. Se imaginaba, como sucede a veces al despertar de un sueño hermoso, dueño de una vida mejor. Una vida en la que él era un hombre mejor. Se puede soñar con cosas que no son nuestras y perderlas al despertar. Igual que nos consuela el día de nuestras pesadillas, a veces nos condena el mundo real a obligarnos a admitir la enorme diferencia entre nosotros y nuestros mejores sueños.

La niña se dio cuenta de que estaba confundido.

“A lo mejor tiene usted amnesia”.

“No, lo recuerdo todo perfectamente. Bueno, todo no. Pensé que iba en el asiento de atrás y pensé que ella me quería”.

“También se puede querer a un chófer”, respondió ella.

“Supongo que sí”, dijo él.

“Podría morir de frío”. Y aquí la niña repitió su gesto de antes, frotándose las manitas juntas.

“Nadie muere congelado, no con este sol. De hecho hace calor y me gustaría tomarme una cerveza”.

La verdad es que la nieve no duraría mucho bajo ese sol de invierno, o al menos eso es lo que él pensaba. Y la mujer que dormía, tranquilamente, dentro del coche despertaría tarde o temprano y estaría bien. Nadie muere de frío bajo un sol como éste, pensó de nuevo, como quien se da dos razones idénticas para una misma conclusión, y no le quedó la menor duda.

“¿Bebe usted por la mañana?”. Y la niña subrayó sus palabras con un gesto de sensata reprobación.

“Algunas mañanas, no todas”.

“Hay una cafetería en la gasolinera. No está muy lejos. Si quiere le acompaño”.

“¿Tú no ibas al colegio?”, pregunto él, que empezaba a estar tan cansado de hablar, que hubiese preferido que esta dichosa niña no hubiera nacido nunca, o al menos que no estuviera en este bosque, sino en otro.

“A veces no voy, el colegio en realidad no me gusta nada. A veces, camino del colegio, me entretengo con cualquier cosa”.

“A mí también me pasaba”.

“No es que no quiera aprender, es que me aburro muchísimo”, dijo la niña, alargando el muchísimo hasta hacerlo francamente aburrido.

Si hubiera podido elegir, él no hubiera estado tampoco en ese bosque, ni entre la nieve, ni cerca de ese coche que al parecer conducía.

Si hubiese podido elegir, y esto también sucede a menudo, tendría otra vida, e incluso sería otra persona.

En ese momento la niña señaló el coche alarmada, como si hubiera visto un fuego.

“¡Se levanta!”.

Se giró, y vio que, en efecto, la mujer del coche se levantaba.

“¡Qué alta es!”, dijo la niña.

Él la miro detenidamente, tenía las piernas largas y delgadas, y era más hermosa de lo que recordaba. Puede pasar, aunque no es común, que una mujer se haga más guapa cada vez que cierras los ojos, o cuando le das la espalda, o en definitiva, entre dos miradas.

“Sí que es alta”, dijo él.

Mientras ella se desperezaba, aún aturdida, junto al coche casi enterrado en la nieve, en la cuneta, él se dio cuenta de que la quería, y de que si hubiese podido elegir, hubiese preferido no ser su chófer.

EL FINAL, POR AHORA_RAY LORIGA


Publicado en la Revista Man el miércoles 10 de octubre de 2007






Dibujo de José Antonio Loriga





EL FINAL, POR AHORA (I)


Se despertó tendido sobre la nieve. Lo cual no le pareció en absoluto extraordinario. Ni triste, ni desolador, ni peligroso, ni nada. Para despertar sobre la nieve, sólo es necesario haberse quedado dormido en la nieve. Despertar no requiere de ningún valor, y es algo que se hace, por así decirlo, naturalmente, y antes de que se presenten las circustancias, como se presentan los fantasmas en las noches de insomnio, se está a salvo, tranquilo, elegantemente tendido en el puente que separa las noches de los días, los muertos de los vivos. El lugar en el que se despierta ya no le pertenece al sueño, de igual manera que esta orilla del río ignora la naturaleza de la otra. Ni siquiera la nieve resulta entonces extraña, ni siquiera el frío que ha construido un esqueleto de hielo en su interior, levanta sospechas. El sol de invierno le quema los párpados cerrados y el bosque que aún no ve, se agita alrededor. Si tan sólo pudiera concederse un segundo más de paz, pero sabe que ya ha amanecido. Como si fuese la cosa más normal del mundo, se palpa la chaqueta, da con el bolsillo en el que están guardadas sus gafas oscuras, y con un gesto mil veces repetido, que en cambio carece en ese instante de recuerdo, al menos de recuerdo consciente, se planta las gafas en la cara. Y sólo después, abre los ojos y al segundo, se levanta. Sobre la gran explanada cubierta de nieve, no hay más rastro que el que acaba de dejar su cuerpo. Sus huellas, si las hubo, se han borrado, y alrededor, como había intuido, se extiende el bosque. No había imaginado, sin embargo, ni por supuesto recordado, la carretera, pero entre los árboles ve ahora claramente pasar los coches y hasta escucha sus motores, algo que hace un instante no estaba allí. Sucede a veces, que sólo percibimos la conversación de alguien sentado muy lejos de nosotros cuando vemos como se mueven sus labios. El mismo principio rige los micrófonos direccionales, que han de ser apuntados, con los ojos, hacia su verdadero objetivo, para poder así escuchar el sonido de las cosas que por fin vemos. Sin dudarlo, camina hacia la carretera, lo cual le dice algo de su condición. Un hombre que camina hacia el interior del bosque, está huyendo, y sin embargo, un hombre que camina hacia la carretera, seguramente sólo piensa en volver. A su pesar, ya ha empezado a reconstruir su historia. Sabe también, y de eso es consciente mientras camina por la nieve, que no es el suyo uno de esos casos de amnesia que animan de cuando en cuando las páginas de los periódicos y que a menudo construyen las tramas de las novelas de misterio con un mecanismo infantil y engañoso. No basta con esconder la receta para convertir un guiso vulgar en una comida memorable. Así que, por lo pronto, se alegra al comprobar que sólo está ligeramente aturdido, y que recuerda bien quién es, por más que aún no esté dispuesto a ponerse un nombre.


Si pudiera tomar un café antes de empezar con esto, se dice, sabiendo que es lo primero que se dice esta mañana, mientras sus pasos sobre la nieve le acercan a la carretera. A través de los últimos árboles ve por fin el coche, aunque sabía que iba a estar allí, como supo antes dónde estaban sus gafas de sol, porque recuerda el accidente, y se recuerda a sí mismo con tanta claridad, como recuerda qué esconde cada uno de los bolsillos de su chaqueta.


El coche está embarrancado en la nieve y la mujer que esperaba encontrar está aún dentro. Antes de mirarla no sabe –no porque no lo recuerde, sino porque no lo sabe– si está viva o muerta. Sí sabe, en cambio, que es preciosa.


El coche es negro, elegante, como lo son los coches de los demás. Uno de esos coches que se conducen desde el asiento de atrás, dando instrucciones. Un coche que no es conducido por uno mismo, sino por un deseo, y un poder, adquiridos con anterioridad. Un coche que de alguna manera anda solo, y de cuyo accidente nadie es del todo responsable. Como el coche de Lady Diana, que avanzaba por un camino ajeno, conducido por un extraño, llevando dentro una desgracia que ya no era sino la proyección de una ambición previa, condenada a entrar en conflicto con las más retorcidas circunstancias.


Lo que más le extraña cuando se asoma a su interior no es encontrarla a ella viva, durmiendo plácidamente, sino la ausencia del chófer. Tal vez haya muerto, se dice, o tal vez haya ido a pedir ayuda, o tal vez, el chófer sí ha perdido la memoria tras el golpe, y camina por el bosque sin rumbo. Aunque también puede ser que el chófer no sea del todo inocente, que estuviera bebido y que no tenga la menor intención de aparecer nunca más.


Ella, es más hermosa aún de lo que recordaba y su vestido de niña tímidamente escotado, ligeramente marinero, sus largas piernas, su boca entreabierta, su pelo rubio desparramado en exquisito desorden sobre el asiento trasero, le reafirman en algo que ya intuyó al despertar sobre la nieve. Algo de lo que ahora está convencido; un segundo antes de este lamentable accidente, él era un hombre feliz, y afortunado.


Ella, y esto lo recuerda muy bien, le dijo al menos una vez, te quiero. Pero ahora, ella tiene los ojos cerrados y está aún dormida, así que no sabe qué pensar. No puede asegurar que vuelva a decirlo.


Durante largo rato contempla el accidente, y a la mujer que duerme, como quien se detiene en un cruce y contempla su sombra caer, dividiéndolo todo en dos opciones exactas, entre el desastre y la oportunidad. Finalmente abandona la carretera, y se adentra en el bosque.


Y sus pasos sobre la nieve ahogan también un “te quiero”, que en su caso, y de eso al menos sí está convencido, no será el último.




sábado, 15 de marzo de 2008

RAY LORIGA_VIDEO

RAY LORIGA, SOBRE SÍ MISMO Y OTROS ASUNTOS.

Una filosofía de vida condensada en 1 minuto, 12 segundos.


viernes, 4 de enero de 2008

ISMAEL SERRANO

Aunque publicara su primer álbum en 1997, muchos hemos crecido con Ismael Serrano y sus canciones forman parte de nuestra banda sonora más clásica. Desde ese archiconocido Papá cuéntame otra vez con el que debutó, Isma – que nació en el 74, y no seré yo quien niegue la buena cosecha de ese año, a la que pertenecen también Nacho Vegas y Carlos Chaouen – ha perdido pelo y ha engordado. En fin, ha madurado, como casi todos a nuestro pesar.

Su trayectoria y canciones son, diez años después, sobradamente conocidas. Ismael Serrano pertenece ya a la cultura popular y ha contado desde sus inicios con un importante apoyo mediático y discográfico, que sin duda merece. Como otros muchos que, lamentablemente, no llegan ni al gran público ni a los grandes medios. ¿La razón? Quién sabe. Dejemos la pregunta en el aire, porque, como ya es de todos sabido, la respuesta, my friend, está también ahí, blowing in the wind para la eternidad.



Ese primer álbum sigue siendo mi favorito. Del resto de sus discos – y van siete - me quedo con algunas canciones sueltas pero ninguno me resulta tan redondo y tan querido como ese Atrapados en azul, en el que un chico serio, guitarra en mano y camisa blanca, sorprende con su voz profunda y un puñado de canciones con un indiscutible y reconocible sello personal. (Me gustan todas y cada una de las canciones de ese disco, cada una por una razón diferente y las tengo asociadas a distintos momentos vitales. Pero la que más escucho es una de las más desconocidas – suele pasarme, la maldición de las caras B -, una joyita de 3’12” llamada Ana , la última canción del disco).

Ana, es tan corta la vida, y son tantas despedidas

llenas de promesas vanas.

Ana, ¿qué será de nosotros cuando caigamos y otros ocupen nuestro lugar?

Ana, ¿dónde será la batalla próxima en que perdamos

la guerra contra la soledad?

Ana, volverás a escuchar las piedras que contra tu ventana

lanzó la felicidad.

Lanzó la felicidad.

Ana, es tan corta la vida, quizás me vuelva mentira

y no te conozca mañana.

Ana, cuando te esconda un abrazo

recuerda entonces el año en que forjamos la paz.

Ana, quizás me marche y no vuelva,

quizás me muera y no tengas que maldecirme jamás.

Ana, te veo y me declaro culpable

de desear tu presencia más que desear la paz.

Ana, ¿qué hago yo con mis canciones, con el manojo de escarcha,

con mis ganas de matar?

Ana, ¿qué hago yo con las montañas de papeles

que he firmado jurando morir o amar?

Jurando morir o amar.

Ana.



La traición de Wendy (2002) es también especial, en primer lugar por el título, y por tres canciones que valen por todo el disco. Ismael va creciendo, perdiendo inocencia, y con él todos los de su generación."Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". Ahora * es un canto a la adolescencia perdida de un adulto adolescente.


Ahora que la adolescencia es
un septiembre lejano,
humo de cerveza en un portal
un verano inacabado
algunos años en la Facultad de Ciencias
papeles escritos, ron de Cuba, hojas de hierba
un tren dormido en una vía muerta
la luz de la ventana azul que siempre estaba abierta.

Ahora que quedan tan lejos las playas de Corfú
las estaciones de trenes de Praga, Hamburgo o Estambul
los viajes que trajeron a otros vistiendo nuestros cuerpos
la luz de una cafetería, los amores conversos.
Ahora que te cansas y las piscinas cierran
Y apura el ultimo baño la luz de las estrellas


Ahora que regreso a los lugares a donde quise huir
y nadie me espera allí



Ahora que casi llego a fin de mes
Ahora que amo a una mujer, que amo a una mujer
Ahora que pago las facturas
que me ves en La Habana, que sueño con Lacandona
que ya no escribo cartas
que cumplimos mas años que promesas

que se hunden nuestros corazones como la vieja Venecia
que llego tarde a los cines y al fin del planeta
que alquilo un pequeño piso en un castillo de arena
ahora que duelen las resacas, que cortan como una navaja
ahora que nadie nos saluda por los bares de Malasaña
que pido auxilio besos y comida por teléfono
que fumo flores y lloro a veces mientras duermo


ahora que tiemblo como un niño abandonado
ahora que viejos amigos nos han traicionado
ahora es el momento de volver a empezar
que empiece el Carnaval, la orgía en el Palacio de Invierno
de banderas y besos


se cayeron mis alas y yo no me rendí,
asi que ven aquí,

brindemos que hoy es siempre todavía,


que nunca me gustaron las despedidas


* (el coautor de la letra es Daniel Serrano)




De su último álbum, Sueños de un hombre despierto (2007), me quedo con el título (sacado de una cita de Aristóteles: “La esperanza es el sueño de un hombre despierto”); tal vez con el single, Casandra, aunque sólo sea por haberlo escuchado más y con una Canción para un viejo amigo que, otros cinco años después, vuelve la melancolía de los sueños rotos y las inocencias perdidas. A los treinta y tres, esa nostalgia resulta más madura: evoca un tiempo pasado, quizá más feliz – tal vez sólo distinto o simplemente más idealizado – pero al que ya no se desea volver. Los amigos y el amor nos han abandonado, se conoce la derrota y la huida, la soledad de los amaneceres sincericidas, con sus rutinas y sus anclas. Pero quién diablos quiere regresar/si lo que cuenta es aprender/que no está perdido aquello que no fue.

Una década después, Peter Pan ha sido engullido por las realidades adultas. Su rebeldía juvenil se ha tornado lamento melancólico, pero sin embargo esperanzado. ¿Será esto lo que llaman madurez? Lo único cierto es que ya no hay vuelta atrás. Y lo único que se me ocurre es desearle suerte. Y que llegue a los 40 sano y salvo, si es que eso es posible...


Recuerdas los tiempos en que, viejo amigo,

ardía en tu boca la azul madrugada.

Borracha, Afrodita reía y brindaba contigo

dejando el olor de otro cuerpo en tu cama.

¿Dónde encallaron esos días? ¿En qué luminosas playas?

Huyendo de ti y de la aurora,

escapaste buscando en mil bares el abracadabra que detiene el tiempo,

pero regresaste y te encontraste a ti mismo esperándote en casa.

Y el alba sincericida trajo su rutina y su ancla.

El amor es la piedra que Sísifo empuja.

El mundo el cascabel de un gato asustado.

Nadie nos avisó que amar es doler,

que crecer es aprender que para regresar, y

para casi todo, es tarde,

y aquello que no fue nuestro más leal amante.


Así que brindemos ahora viejo amigo:

que acabe este otoño y resuelva el misterio

del eclipse en tu pecho, que aún no nos rendimos.

De la noche aprendimos viejos sortilegios

que ayudan a conjurar al reloj y sus espectros.

Sísifo abandona hoy su piedra en la cima

y el gato se duerme esta noche en tus brazos.

Quizás tengan razón y amar es doler

pero quién diablos quiere regresar

si lo que cuenta es aprender


que no está perdido aquello que no fue,

que no está perdido aquello que no fue.