Dice Holden Caulfield sobre los libros:

“Los que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras”.

Esta página nace porque hay artistas cuyos mundos cambian el tuyo. Porque una vez que los conoces ya no puedes prescindir de ellos. Porque los consideras amigos tuyos aunque jamás llegues a tratarlos en persona. Porque nunca hablarás con ellos pero ellos se comunican constantemente contigo. Porque ya forman parte de ti.

lunes, 7 de abril de 2008

PODRÍA MORIR DE FRÍO_RAY LORIGA



Publicado en la Revista Man el 29 de noviembre de 2007


Relatos anteriores:

EL FINAL, POR AHORA (I)


Dibujo de José Antonio Loriga




PODRÍA MORIR DE FRÍO (II)
Cuando dejó atrás el coche semienterrado entre la nieve, no se paró a pensar en ello, pero al adentrarse en el bosque se dio cuenta de que el frío podría matarla. Creyó que pensaba en voz alta cuando la niña lo dijo.

“¿Va a dejarla en el coche? Se va a morir de frío”. Al principio no vio a la niña, sólo escuchó su voz. Pero sabía que las voces en el bosque pertenecen a la gente, y no creía en duendes ni en fantasmas. La niña no estaba escondida, ni mucho menos, estaba sentada en una piedra grande a la sombra de un árbol. La vio cuando se giró, tras escuchar su voz, y al principio no quiso contestar.

La niña se levantó y se sacudió la nieve del abrigo. Llevaba botas altas, y el pelo recogido con una flor de plástico.

“Hace muchísimo frío”, dijo la niña, juntando las manos antes de guardarlas en los bolsillos.

“Lo he visto todo, parecía que lo hacía a propósito. Si hubiese querido estrellarse no lo hubiera hecho mejor”.

“¿Qué haces aquí?”, preguntó él.

“Voy al colegio, siempre voy al colegio por el bosque porque mi madre no me deja cruzar la carretera. Lo he visto todo. ¿Lo ha hecho a propósito?”

“No lo sé. ¿Sabes qué ha pasado con el chófer? No está en el coche.”

La niña se rió y él se sintió mal, porque no había dicho nada gracioso.

“El chófer es usted”, dijo entonces la niña, señalándole con el dedo. “Usted conducía el coche y usted se salió de la carretera y se empotró contra ese montón de nieve y luego salió andando y se tumbó allí”. La niña señaló el prado cubierto de nieve que separaba la carretera del bosque.“Y estuvo tumbado un buen rato y luego se levantó y fue hacia el coche, y pensé que iba a ayudarla, pero no lo hizo. Y hace muchísimo frío y si la deja ahí se va a morir de una pulmonía o algo”.

Él se quedó pensando un segundo. No sabía que él fuera el chofer. Sabía que iba en el coche pero se imaginaba a sí mismo en el asiento de atrás, junto a ella. Se imaginaba, como sucede a menudo, más importante de lo que era. Más enamorado, más feliz, más alto, más fuerte, más afortunado. Se imaginaba, como sucede a veces al despertar de un sueño hermoso, dueño de una vida mejor. Una vida en la que él era un hombre mejor. Se puede soñar con cosas que no son nuestras y perderlas al despertar. Igual que nos consuela el día de nuestras pesadillas, a veces nos condena el mundo real a obligarnos a admitir la enorme diferencia entre nosotros y nuestros mejores sueños.

La niña se dio cuenta de que estaba confundido.

“A lo mejor tiene usted amnesia”.

“No, lo recuerdo todo perfectamente. Bueno, todo no. Pensé que iba en el asiento de atrás y pensé que ella me quería”.

“También se puede querer a un chófer”, respondió ella.

“Supongo que sí”, dijo él.

“Podría morir de frío”. Y aquí la niña repitió su gesto de antes, frotándose las manitas juntas.

“Nadie muere congelado, no con este sol. De hecho hace calor y me gustaría tomarme una cerveza”.

La verdad es que la nieve no duraría mucho bajo ese sol de invierno, o al menos eso es lo que él pensaba. Y la mujer que dormía, tranquilamente, dentro del coche despertaría tarde o temprano y estaría bien. Nadie muere de frío bajo un sol como éste, pensó de nuevo, como quien se da dos razones idénticas para una misma conclusión, y no le quedó la menor duda.

“¿Bebe usted por la mañana?”. Y la niña subrayó sus palabras con un gesto de sensata reprobación.

“Algunas mañanas, no todas”.

“Hay una cafetería en la gasolinera. No está muy lejos. Si quiere le acompaño”.

“¿Tú no ibas al colegio?”, pregunto él, que empezaba a estar tan cansado de hablar, que hubiese preferido que esta dichosa niña no hubiera nacido nunca, o al menos que no estuviera en este bosque, sino en otro.

“A veces no voy, el colegio en realidad no me gusta nada. A veces, camino del colegio, me entretengo con cualquier cosa”.

“A mí también me pasaba”.

“No es que no quiera aprender, es que me aburro muchísimo”, dijo la niña, alargando el muchísimo hasta hacerlo francamente aburrido.

Si hubiera podido elegir, él no hubiera estado tampoco en ese bosque, ni entre la nieve, ni cerca de ese coche que al parecer conducía.

Si hubiese podido elegir, y esto también sucede a menudo, tendría otra vida, e incluso sería otra persona.

En ese momento la niña señaló el coche alarmada, como si hubiera visto un fuego.

“¡Se levanta!”.

Se giró, y vio que, en efecto, la mujer del coche se levantaba.

“¡Qué alta es!”, dijo la niña.

Él la miro detenidamente, tenía las piernas largas y delgadas, y era más hermosa de lo que recordaba. Puede pasar, aunque no es común, que una mujer se haga más guapa cada vez que cierras los ojos, o cuando le das la espalda, o en definitiva, entre dos miradas.

“Sí que es alta”, dijo él.

Mientras ella se desperezaba, aún aturdida, junto al coche casi enterrado en la nieve, en la cuneta, él se dio cuenta de que la quería, y de que si hubiese podido elegir, hubiese preferido no ser su chófer.

EL FINAL, POR AHORA_RAY LORIGA


Publicado en la Revista Man el miércoles 10 de octubre de 2007






Dibujo de José Antonio Loriga





EL FINAL, POR AHORA (I)


Se despertó tendido sobre la nieve. Lo cual no le pareció en absoluto extraordinario. Ni triste, ni desolador, ni peligroso, ni nada. Para despertar sobre la nieve, sólo es necesario haberse quedado dormido en la nieve. Despertar no requiere de ningún valor, y es algo que se hace, por así decirlo, naturalmente, y antes de que se presenten las circustancias, como se presentan los fantasmas en las noches de insomnio, se está a salvo, tranquilo, elegantemente tendido en el puente que separa las noches de los días, los muertos de los vivos. El lugar en el que se despierta ya no le pertenece al sueño, de igual manera que esta orilla del río ignora la naturaleza de la otra. Ni siquiera la nieve resulta entonces extraña, ni siquiera el frío que ha construido un esqueleto de hielo en su interior, levanta sospechas. El sol de invierno le quema los párpados cerrados y el bosque que aún no ve, se agita alrededor. Si tan sólo pudiera concederse un segundo más de paz, pero sabe que ya ha amanecido. Como si fuese la cosa más normal del mundo, se palpa la chaqueta, da con el bolsillo en el que están guardadas sus gafas oscuras, y con un gesto mil veces repetido, que en cambio carece en ese instante de recuerdo, al menos de recuerdo consciente, se planta las gafas en la cara. Y sólo después, abre los ojos y al segundo, se levanta. Sobre la gran explanada cubierta de nieve, no hay más rastro que el que acaba de dejar su cuerpo. Sus huellas, si las hubo, se han borrado, y alrededor, como había intuido, se extiende el bosque. No había imaginado, sin embargo, ni por supuesto recordado, la carretera, pero entre los árboles ve ahora claramente pasar los coches y hasta escucha sus motores, algo que hace un instante no estaba allí. Sucede a veces, que sólo percibimos la conversación de alguien sentado muy lejos de nosotros cuando vemos como se mueven sus labios. El mismo principio rige los micrófonos direccionales, que han de ser apuntados, con los ojos, hacia su verdadero objetivo, para poder así escuchar el sonido de las cosas que por fin vemos. Sin dudarlo, camina hacia la carretera, lo cual le dice algo de su condición. Un hombre que camina hacia el interior del bosque, está huyendo, y sin embargo, un hombre que camina hacia la carretera, seguramente sólo piensa en volver. A su pesar, ya ha empezado a reconstruir su historia. Sabe también, y de eso es consciente mientras camina por la nieve, que no es el suyo uno de esos casos de amnesia que animan de cuando en cuando las páginas de los periódicos y que a menudo construyen las tramas de las novelas de misterio con un mecanismo infantil y engañoso. No basta con esconder la receta para convertir un guiso vulgar en una comida memorable. Así que, por lo pronto, se alegra al comprobar que sólo está ligeramente aturdido, y que recuerda bien quién es, por más que aún no esté dispuesto a ponerse un nombre.


Si pudiera tomar un café antes de empezar con esto, se dice, sabiendo que es lo primero que se dice esta mañana, mientras sus pasos sobre la nieve le acercan a la carretera. A través de los últimos árboles ve por fin el coche, aunque sabía que iba a estar allí, como supo antes dónde estaban sus gafas de sol, porque recuerda el accidente, y se recuerda a sí mismo con tanta claridad, como recuerda qué esconde cada uno de los bolsillos de su chaqueta.


El coche está embarrancado en la nieve y la mujer que esperaba encontrar está aún dentro. Antes de mirarla no sabe –no porque no lo recuerde, sino porque no lo sabe– si está viva o muerta. Sí sabe, en cambio, que es preciosa.


El coche es negro, elegante, como lo son los coches de los demás. Uno de esos coches que se conducen desde el asiento de atrás, dando instrucciones. Un coche que no es conducido por uno mismo, sino por un deseo, y un poder, adquiridos con anterioridad. Un coche que de alguna manera anda solo, y de cuyo accidente nadie es del todo responsable. Como el coche de Lady Diana, que avanzaba por un camino ajeno, conducido por un extraño, llevando dentro una desgracia que ya no era sino la proyección de una ambición previa, condenada a entrar en conflicto con las más retorcidas circunstancias.


Lo que más le extraña cuando se asoma a su interior no es encontrarla a ella viva, durmiendo plácidamente, sino la ausencia del chófer. Tal vez haya muerto, se dice, o tal vez haya ido a pedir ayuda, o tal vez, el chófer sí ha perdido la memoria tras el golpe, y camina por el bosque sin rumbo. Aunque también puede ser que el chófer no sea del todo inocente, que estuviera bebido y que no tenga la menor intención de aparecer nunca más.


Ella, es más hermosa aún de lo que recordaba y su vestido de niña tímidamente escotado, ligeramente marinero, sus largas piernas, su boca entreabierta, su pelo rubio desparramado en exquisito desorden sobre el asiento trasero, le reafirman en algo que ya intuyó al despertar sobre la nieve. Algo de lo que ahora está convencido; un segundo antes de este lamentable accidente, él era un hombre feliz, y afortunado.


Ella, y esto lo recuerda muy bien, le dijo al menos una vez, te quiero. Pero ahora, ella tiene los ojos cerrados y está aún dormida, así que no sabe qué pensar. No puede asegurar que vuelva a decirlo.


Durante largo rato contempla el accidente, y a la mujer que duerme, como quien se detiene en un cruce y contempla su sombra caer, dividiéndolo todo en dos opciones exactas, entre el desastre y la oportunidad. Finalmente abandona la carretera, y se adentra en el bosque.


Y sus pasos sobre la nieve ahogan también un “te quiero”, que en su caso, y de eso al menos sí está convencido, no será el último.




sábado, 15 de marzo de 2008

RAY LORIGA_VIDEO

RAY LORIGA, SOBRE SÍ MISMO Y OTROS ASUNTOS.

Una filosofía de vida condensada en 1 minuto, 12 segundos.


viernes, 4 de enero de 2008

ISMAEL SERRANO

Aunque publicara su primer álbum en 1997, muchos hemos crecido con Ismael Serrano y sus canciones forman parte de nuestra banda sonora más clásica. Desde ese archiconocido Papá cuéntame otra vez con el que debutó, Isma – que nació en el 74, y no seré yo quien niegue la buena cosecha de ese año, a la que pertenecen también Nacho Vegas y Carlos Chaouen – ha perdido pelo y ha engordado. En fin, ha madurado, como casi todos a nuestro pesar.

Su trayectoria y canciones son, diez años después, sobradamente conocidas. Ismael Serrano pertenece ya a la cultura popular y ha contado desde sus inicios con un importante apoyo mediático y discográfico, que sin duda merece. Como otros muchos que, lamentablemente, no llegan ni al gran público ni a los grandes medios. ¿La razón? Quién sabe. Dejemos la pregunta en el aire, porque, como ya es de todos sabido, la respuesta, my friend, está también ahí, blowing in the wind para la eternidad.



Ese primer álbum sigue siendo mi favorito. Del resto de sus discos – y van siete - me quedo con algunas canciones sueltas pero ninguno me resulta tan redondo y tan querido como ese Atrapados en azul, en el que un chico serio, guitarra en mano y camisa blanca, sorprende con su voz profunda y un puñado de canciones con un indiscutible y reconocible sello personal. (Me gustan todas y cada una de las canciones de ese disco, cada una por una razón diferente y las tengo asociadas a distintos momentos vitales. Pero la que más escucho es una de las más desconocidas – suele pasarme, la maldición de las caras B -, una joyita de 3’12” llamada Ana , la última canción del disco).

Ana, es tan corta la vida, y son tantas despedidas

llenas de promesas vanas.

Ana, ¿qué será de nosotros cuando caigamos y otros ocupen nuestro lugar?

Ana, ¿dónde será la batalla próxima en que perdamos

la guerra contra la soledad?

Ana, volverás a escuchar las piedras que contra tu ventana

lanzó la felicidad.

Lanzó la felicidad.

Ana, es tan corta la vida, quizás me vuelva mentira

y no te conozca mañana.

Ana, cuando te esconda un abrazo

recuerda entonces el año en que forjamos la paz.

Ana, quizás me marche y no vuelva,

quizás me muera y no tengas que maldecirme jamás.

Ana, te veo y me declaro culpable

de desear tu presencia más que desear la paz.

Ana, ¿qué hago yo con mis canciones, con el manojo de escarcha,

con mis ganas de matar?

Ana, ¿qué hago yo con las montañas de papeles

que he firmado jurando morir o amar?

Jurando morir o amar.

Ana.



La traición de Wendy (2002) es también especial, en primer lugar por el título, y por tres canciones que valen por todo el disco. Ismael va creciendo, perdiendo inocencia, y con él todos los de su generación."Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". Ahora * es un canto a la adolescencia perdida de un adulto adolescente.


Ahora que la adolescencia es
un septiembre lejano,
humo de cerveza en un portal
un verano inacabado
algunos años en la Facultad de Ciencias
papeles escritos, ron de Cuba, hojas de hierba
un tren dormido en una vía muerta
la luz de la ventana azul que siempre estaba abierta.

Ahora que quedan tan lejos las playas de Corfú
las estaciones de trenes de Praga, Hamburgo o Estambul
los viajes que trajeron a otros vistiendo nuestros cuerpos
la luz de una cafetería, los amores conversos.
Ahora que te cansas y las piscinas cierran
Y apura el ultimo baño la luz de las estrellas


Ahora que regreso a los lugares a donde quise huir
y nadie me espera allí



Ahora que casi llego a fin de mes
Ahora que amo a una mujer, que amo a una mujer
Ahora que pago las facturas
que me ves en La Habana, que sueño con Lacandona
que ya no escribo cartas
que cumplimos mas años que promesas

que se hunden nuestros corazones como la vieja Venecia
que llego tarde a los cines y al fin del planeta
que alquilo un pequeño piso en un castillo de arena
ahora que duelen las resacas, que cortan como una navaja
ahora que nadie nos saluda por los bares de Malasaña
que pido auxilio besos y comida por teléfono
que fumo flores y lloro a veces mientras duermo


ahora que tiemblo como un niño abandonado
ahora que viejos amigos nos han traicionado
ahora es el momento de volver a empezar
que empiece el Carnaval, la orgía en el Palacio de Invierno
de banderas y besos


se cayeron mis alas y yo no me rendí,
asi que ven aquí,

brindemos que hoy es siempre todavía,


que nunca me gustaron las despedidas


* (el coautor de la letra es Daniel Serrano)




De su último álbum, Sueños de un hombre despierto (2007), me quedo con el título (sacado de una cita de Aristóteles: “La esperanza es el sueño de un hombre despierto”); tal vez con el single, Casandra, aunque sólo sea por haberlo escuchado más y con una Canción para un viejo amigo que, otros cinco años después, vuelve la melancolía de los sueños rotos y las inocencias perdidas. A los treinta y tres, esa nostalgia resulta más madura: evoca un tiempo pasado, quizá más feliz – tal vez sólo distinto o simplemente más idealizado – pero al que ya no se desea volver. Los amigos y el amor nos han abandonado, se conoce la derrota y la huida, la soledad de los amaneceres sincericidas, con sus rutinas y sus anclas. Pero quién diablos quiere regresar/si lo que cuenta es aprender/que no está perdido aquello que no fue.

Una década después, Peter Pan ha sido engullido por las realidades adultas. Su rebeldía juvenil se ha tornado lamento melancólico, pero sin embargo esperanzado. ¿Será esto lo que llaman madurez? Lo único cierto es que ya no hay vuelta atrás. Y lo único que se me ocurre es desearle suerte. Y que llegue a los 40 sano y salvo, si es que eso es posible...


Recuerdas los tiempos en que, viejo amigo,

ardía en tu boca la azul madrugada.

Borracha, Afrodita reía y brindaba contigo

dejando el olor de otro cuerpo en tu cama.

¿Dónde encallaron esos días? ¿En qué luminosas playas?

Huyendo de ti y de la aurora,

escapaste buscando en mil bares el abracadabra que detiene el tiempo,

pero regresaste y te encontraste a ti mismo esperándote en casa.

Y el alba sincericida trajo su rutina y su ancla.

El amor es la piedra que Sísifo empuja.

El mundo el cascabel de un gato asustado.

Nadie nos avisó que amar es doler,

que crecer es aprender que para regresar, y

para casi todo, es tarde,

y aquello que no fue nuestro más leal amante.


Así que brindemos ahora viejo amigo:

que acabe este otoño y resuelva el misterio

del eclipse en tu pecho, que aún no nos rendimos.

De la noche aprendimos viejos sortilegios

que ayudan a conjurar al reloj y sus espectros.

Sísifo abandona hoy su piedra en la cima

y el gato se duerme esta noche en tus brazos.

Quizás tengan razón y amar es doler

pero quién diablos quiere regresar

si lo que cuenta es aprender


que no está perdido aquello que no fue,

que no está perdido aquello que no fue.

domingo, 30 de diciembre de 2007

ME HE PERDIDO




Las canciones que cuentan historias son doblemente enriquecedoras. Si además en esas historias se intuye algún referente real, los iniciados las disfrutan aún más.

Me aburre la música de Christina Rosenvinge, pero me intriga su figura. No puedo dejar de admirar a una tía capaz de seducir o cuanto menos despertar el interés de dos tipos que a su vez despiertan el mío como son Ray Loriga y Nacho Vegas.

De Verano Fatal me esperaba más. De siete canciones me quedo con tres. Pero hay una que vale por las siete. Nacho Vegas en estado puro e inspirado. Un cortejo en toda regla, la crónica de una seducción paso a paso. Nacho (o su personaje) intentando ligarse a Christina (o su personaje). Chico perdedor entrándole a chica dura: poema o canción asegurada.

Pero además, es la crónica de un tiempo y una generación: la nuestra, la de los treintañeros/ cuarentones en la primera década del siglo XXI (Nacho tiene 33, Christina anda por los 43) .

Quien más, quien menos, arrastra heridas, desamores, desencantos (y pobre del que no).
A algunos nos cuesta encontrar nuestro sitio (aún). Somos animales heridos, entre escombros. Endurecidos por fuera porque no queda más remedio: “lo natural es odiarse”, decimos hasta con convicción. Tremendamente solos, intentando no perder la fe. Con cuarenta y tres candados (uno por año), o mil, pero tal vez de plástico: se derriten a la primera mirada intensa. Por eso mejor no acercarse demasiado: “me lo tengo prohibido”.

Chicos perdidos y mujeres incomprensibles, que queremos una cosa y a la vez la contraria. No sabemos qué es lo correcto. Intuimos que seguramente no haya una única manera, ni siquiera una correcta. Y mientras, seguimos entonando dulces gritos y practicando el más viejo de los ritos para acabar, una vez más, perdidos.


ME HE PERDIDO

Lo intenté por tercera vez
me enfundé en mi traje beige
miré hacia el suelo y me santigüé
te encontré entre los escombros.

Y aún quedaba un muro en pie
te vi apoyada en él y creo que
lo hacías para no perder la fe
el Cristo en la pared se encogió de hombros.

Y tú con tu voz, esa voz
y tu pálida piel
con el brillo en tu pelo del trigo
con ese otro brillo que imagino tras tu abrigo.

Pasaste estos últimos inviernos
al calor de un infierno construido en el amor
para acabar en demolición
me dices “ahora ya estás advertido,
no te fíes de un animal herido”
y ¿qué te iba diciendo yo...?
Me he perdido.
Lo intenté siete veces más
quería ver lo que hay detrás
de tu imperturbabilidad
y abrir tu puerta de cuarenta y tres candados.

Te adiviné en tu balcón
silbando una larguísima canción
pensando “¿es esto lo correcto o no?”
así que hice ¡chas! y aparecí a tu lado.

“Lo sabes, ahora ya estás advertido,
no te fíes de un animal herido”.
Y “ ¡Oh! Descuida”, le mentí, “soy un experto cazador”.
“Lo has visto, es mi mundo derruido
lo que hoy es puro mañana está podrido”.
Y ¿qué te iba diciendo yo...?
Me he perdido.

Mátame si ya no te soy de utilidad
mátame tras leer el mensaje
pero ahora me desnudaré sin quitarme el traje.

Lo he visto, es tu mundo al derrumbarse
que “lo natural es odiarse” me dijiste,
he de reconocer, con cierta convicción.

Y entonces entonaste dulces gritos
comenzó el más viejo de los ritos
¿fuiste tu, fui yo o sencillamente fue algo superior?

Y añadiste: “Si lo hacemos, tonto mío,
pues hagámoslo como es debido”.
“Y ¿cómo es eso?” , pregunté
y tú me dijiste: “Justamente así no”,
y paraste: “Me lo tengo prohibido”.
Yo protesté empapado y más que aturdido
y ahora sí que sí que yo...
me he perdido.

Que ahora sí que sí que sí que sé
que me he perdido
porque sólo es pensar en ti
y acabar perdido
porque sólo con pensar en ti
me pongo perdido.

jueves, 6 de diciembre de 2007

PABLO MORO

Uno de mis más recientes descubrimientos musicales es
Pablo Moro, vinculado además a algunos buenos amigos
de los blogs y a algunos de los artistas que más admiro.

Fue Adrián (eternamente, gracias) quien me habló por
primera vez de él al saber que me gustaban Quique González
y Carlos Chaouen y me envió dos de sus canciones.
Las escuché en la madrugada de un sábado desangelado
y otoñal, sola en casa, a través de los altavoces del ordenador.
De fondo, mientras escribía. Antes de llegar al estribillo
ya había dejado de teclear, concentrada en la letra y en la melodía.

El último vals

Yo también llevo a Scorsese en mi biografía. Algunas de
sus películas me han marcado (impagables Michelle Pfeiffer
y Daniel Day Lewis en La edad de la inocencia...)
y otras han enmarcado algunas historias de amor/desamor
(Uno de los nuestros, Infiltrados).

Y cuando suena aquella vieja melodía
Pienso que fuimos héroes por un día
Apostando siempre con las de perder...

¿Quién no arrastra el recuerdo de unos cuantos amores
alimentados de tardes de pelis alquiladas en el video-club,
cuando no existía el DVD ni el emule,
aprovechando que los padres no estaban en casa, o en casa
de amigos que compartían piso de estudiantes, o en el nidito
de amor recién estrenado?

Hoy en el video club
alquilando una de Scorsese
no sé si eras tú
o el recuerdo que guardo de ti
y que no te mereces.

Esa última frase me acabó de enganchar sin remedio. Y me sentí
menos sola en el club de los idiotas que seguimos idealizando a quien
no se lo merece, echando de menos los buenos momentos en vez
de recordar los malos.


Lo que dura un fin de semana

Con los primeros acordes de esta canción ya estaba llorando,
y no lo dejé hasta el final. Lo que dura un fin de semana es otra
de esas historias en toda regla condensada en cuatro minutos,
con toda la belleza y la tristeza de las historias que realmente
merecen ser contadas, aunque sólo duren (o precisamente por eso)
un fin de semana. A medida que escuchaba la historia,
la vivía y revivía también mis propias historias, tan parecidas.
A lo mejor es cierto que todas las historias de amor se parecen,
incluso puede que sean la misma.

Música, sexo y literatura. ¿Existe mezcla más letal para el sentimiento?

Entre versos de Allen Ginsberg
ensuciando nuestra almohada
renunciamos a ser tristes
prometiéndonos mañana.
Y la eternidad duró
lo que dura un fin de semana.

Llenamos nuestras bocas
con millones de deseos
y drogamos nuestros cuerpos
con poemas de William Blake.
Aquel era el principio
Del camino del exceso
Y aprendimos la respuesta
Al enigma del querer...

(...)

Y entre calles solitarias
Recuerdo aquel par de días
Maldiciendo cada lunes
Con toda su realidad.
Qué puta es la vida a veces,
Y otras qué de verdad...


Tras escuchar las canciones me interesé más por Pablo Moro.
Y otro enlace de los amigos de Fuego en el Tintero
(Gracias, Agustín, por incluirlo en el blog )
me llevó hasta su blog personal, Blogatelas.
Y éste a su página web, donde ví que actuaba en Madrid
a mediados de noviembre.

Esa misma semana (finales de octubre) me recorrí Madrid en
busca del CD recién sacado de Pablo, Smoking Point.
Lo encontré en la FNAC (la de Callao); hacía nada lo había
presentado en la sucursal de Leganés. Y también encontré un
CD anterior, de 2005, Emepetreses.

En el camino de vuelta en el autobús no resistí la tentación de
romper el envoltorio y echarle un vistazo a las letras,
las dedicatorias y demás (una de mis muchas manías:
me encanta leer las dedicatorias de los libretos de los discos).
Casi me paso de parada.
En cada canción – aún sin conocer la música – una historia
y unos cuantos versos a los que quedarse enganchada.

Desde entonces no he dejado de escuchar sus canciones.
Y hasta tuve la ocasión de asistir a un concierto acústico que
para mí fue muy especial y que recordaré siempre.

Si queréis conocer más pinchad aquí:

http://www.pablomoro.com/